domingo 18 de octubre de 2009

LOS DE LA VEREDA DE ENFRENTE


Marc Chagall: Caín y Abel

Me lo contaron cuando yo era chico y al principio no les creí. ¿Qué se piensan, que soy gil? De veras, repitió el Cholo, tan serio que al final murmuré un “msee” , como para terminar con el asunto. Y resultó que era cierto. Quién lo hubiera dicho. Tantos años viviendo en el barrio y nunca me había dado cuenta.
Me acuerdo de la madre: ¡era tan linda! Qué linda mina, no parecía del barrio, para nada. Fina, flaca, muy pálida y de manos largas. Lo que más me llamaba la atención eran los ojos: la mirada siempre como perdida. A veces, mientras jugábamos en la vereda de enfrente y la veíamos barrer la tierrita eterna de la vereda, las hojitas amarillas y los revientacaballos, nos parecía que se había vuelto vieja de repente: la piel transparente y estirada sobre los huesos, los ojos hundidos y sombríos, las manos como garras en el palo de la escoba, el cogote tan flaco que pareciera que tenía cordones que se lo ataban a los huesos del escote. Se paraba en medio de la calle adoquinada y miraba, nunca supimos adónde o a quién. Más miraba, más huesudas se le volvían las manos blancas y largas y era como si los ojos se le aguaran y algo le agujereara el pecho, como cuando te duele algo que nunca va a dejar de doler.
Y después daba media vuelta, volvía hasta el umbral gastado de la casa y era joven otra vez, linda, tan linda, el pelo tan largo, los ojos tan grandes. Nosotros dejábamos de jugar y de gritar y correr como desaforados atrás de la pelota para mirarla y en ese momento, todos queríamos que fuera nuestra madre, aunque nos llamara a los gritos tal como llamaba a sus pibes. Total, si todas las viejas te llaman a los gritos: vení a ponerte algo que refrescó, vení a tomar la leche, vení comer, vení que llegó tu padre, y si no ibas, te tocaba el ya vas a ver cuando aparezcas, desgraciado.
Ella, al que más le gritaba era al mayor. Y casi siempre por el menor. No sé, parece que el más chico era una sabandija, porque el mayor venía arrastrando los pies, mirando el suelo, la cabeza medio hundida entre los hombros para aguantar el coscorrón. ¿Adónde está tu hermano?, gritaba ella, la escoba en una mano y con la otra acomodándose los mechones largos que se le escapaban con el vientito de la tarde. El mayor la miraba de reojo, se encogía de hombros y meneaba la cabeza y la madre también meneaba la cabeza con desesperación, resignación o quién sabe qué, daba media vuelta y entraba arrastrando la escoba. El mayor se la quedaba mirando desolado, igualito que nosotros cuando la veíamos barrer, tan linda a la luz del sol que se ponía en el horizonte polvoriento de la calle. Después daba media vuelta y se iba de nuevo.
Al rato aparecía con el menor. Era lindo el menor, a mí me parece que demasiado, no sé, tan lindo para ser varón que todos decíamos que era marica, pero ahora me parece que de pura envidia no más.
Apenas lo veía, la madre corría y gritaba dónde estuviste, porqué no te quedaste con tu hermano, me van a volver loca y se retorcía las manos en el delantal. Pero ni bien él sonreía, ella lo abrazaba y le besaba los rulos y entraban juntos a la casa. Y nosotros nos moríamos de celos porque nuestras viejas nos besaran igual la cabeza, porque a nosotros nos parecía que los besos de ella eran distintos, como si nadie te hubiese abrazado nunca si ella no lo había hecho primero.
La verdad es que nuestras viejas nos besaban y nos abrazaban pero no muy seguido porque siempre andábamos haciendo alguna perrería: peléandonos a piedrazos con la barra de la esquina de Bruix, trenzados en alguna de cowboys con los mellizos de Lacarra o desapareciendo en alguna escondida eterna y descomunal que llegaba hasta el parque Avellaneda.
Todavía me acuerdo cómo me dio mi vieja una vez. Volví de noche a casa y libré a todos mis compañeros. Fui el héroe de la jornada hasta que la vieja, los ojos hinchados de tanto llorar, corriendo delante de Saverio el vigilante y sin preguntar qué había pasado porque seguramente ya sabría, me llevó para casa a cachetazo limpio. Fue la única vez que me fajó mi viejo. Con los años entendí que me fajaban porque se habían jaboneado. Mamá lloraba y me daba coscorrones. ¡Mirá si te pasaba lo del chico de enfrente!, y los sollozos le sacudían el batón de entrecasa.
Y claro, con lo que le pasó al más chico de los de enfrente, el barrio quedó marcado. Ya les dije que la madre siempre se peleaba con el mayor por eso de cuidar al hermano. Pobre pibe, a veces venía a jugar a la pelota con nosotros y cuando te querías acordar, ¡paf!, el chiquilín había rajado y el mayor salía como un loco, llamándolo con una voz desesperada y terrible. La voz del mayor nos daba impresión cuando lo llamaba así. Y parecía que la madre presentía lo que había pasado (las madres siempre sabemos, decía mi vieja con esa sabiduría fatal y un poco mentirosa con la que las viejas te ataban a la pollera para que no te escaparas de noche al parque Avellaneda). Entonces ella salía y se quedaba mirando hasta que volvían. El padre estaba poco en casa, laburaba todo el día. Un tipo callado, iba y venía casi sin que nadie lo notara en el barrio. Un tipo pintón, ¿eh? pero silencioso, saludaba si lo saludaban y te devolvía el "buenas" con voz baja y grave y una sonrisa deshilachada y si no pasaba de largo como si no quisiera molestar. Trabajaba en una panadería.
A veces, cuando ella salía a esperar a los chicos, él salía detrás y la abrazaba y ella lo miraba, cerraba los ojos y movía la cabeza; él le besaba la frente y esperaban juntos. Cuando los pibes llegaban, entraban todos a la casa en silencio y nosotros dejábamos de gritar y de patear pelotazos como chivos para no interrumpir ese momento extraño, en el que nos parecía que ellos no eran del barrio.
Un día de verano, de esos en que se calientan hasta los adoquines y el aire parece hecho de alquitrán, un verano de moscas gordas y zumbonas, lentas pero inalcanzables, de esos en que las viejas nos dejaban andar descalzos y jugar al carnaval en diciembre de puro calor insoportable y nos hacían refrescar la cabeza y dormir la siesta a la fuerza, pasó.
Habíamos estado jugando desde las cinco de la tarde a la guerra de baldazos de vereda a vereda. El mayor vino a jugar en nuestro bando, contra los de la barra de Bruix. El agua caía sobre los adoquines y se secaba casi al instante y en las veredas de baldosas desparejas los charcos duraban menos que el tiempo de volver a tirar un baldazo. Adentro en las casas, las madres y las abuelas se abanicaban bajo las parras o los toldos de lona, las persianas bien cerradas para no dejar entrar a las moscas ni al calor.
Jugamos hasta que se hizo de noche, cuando los viejos ya habían vuelto de los laburos y habían sacado las sillas a la vereda antes de comer, para que las mujeres abrieran las ventanas y las puertas y el calor se mudara a otra parte de la casa.
No sé por qué, pero hicimos silencio. El calor, digo yo. El cielo estaba muy azul y las estrellas se trepaban por encima de los techos. Al final de la calle, el parque Avellaneda se envolvía en una bruma tibia con olor a pasto y las nubes resplandecían rojas. Mañana va a ser peor. Dios Santo, cuándo lloverá de una buena vez. ¿No escuchó las chicharras? Tenemos calor para rato. Así no se aguanta y nadie dijo más nada. Ahí nos dimos cuenta de que el mayor no estaba. Habrá ido a buscar al hermano, comentó alguien. ¿Se rajó otra vez? preguntó uno sentado en el cordón de la vereda, mientras se ataba las zapatillas. Siempre se las toma el pibito, los vuelve locos a todos, comentó un viejo en camiseta y pantalón del pijama sentado en la silla de mimbre, las patas delanteras de la silla y las de él en el aire.
Entonces salió ella, más linda que nunca, los ojos brillantes, el pelo suelto larguísimo. Y gritó, gritó, gritó y cada grito era una súplica que te acuchillaba las tripas y te apretaba de miedo el corazón. En el silencio pesado de la noche húmeda y sin viento, los gritos de ella se escucharían hasta del otro lado del parque. El mayor llegó corriendo. Estaba oscuro, así que no pudimos ver bien pero nos pareció que traía la ropa toda manchada. Cuando quiso hablarle a la madre, ella repitió ¿adónde está tu hermano? y él se volvió loco.
¿Qué soy yo, el vigilante, el guardián de mi hermano?, gritaba y lloraba y quería agarrarle las manos y el vestido, como si quisiera explicarle algo. Se miraron a los ojos un rato muy largo. ¿Qué pasó? ¿Qué hiciste?, preguntó ella en un susurro y el mayor se levantó, dejó caer los brazos, dio media vuelta y se fue corriendo. Ella quedó clavada en medio de la calle, sin mirar hacia dónde corría su hijo mayor. Nosotros sí miramos y él corría y corría y cruzó la avenida Directorio y siguió corriendo y después no lo vimos más. Nunca más.
Por el lado del parque venía el padre, caminando despacio. Traía al menor en brazos. Sin esfuerzo, como si el mocoso flotara en el aire. Él también parecía flotar. Cuando pasaron debajo del farol de mitad de cuadra, vimos que el chiquito tenía manchas oscuras en la ropa, en la cara y el cuello. Las lágrimas del padre caían por la carita del pibe y un brazo demasiado blanco colgaba y se zarandeaba mientras el padre lo traía. Entonces ella gritó y fue un alarido que le nacía en las entrañas, que le desgarraba la carne desde el sitio mismo en donde lo había gestado, un alarido de parto y de muerte que hizo que los paraísos de las dos veredas se estremecieran y nosotros con ellos.
Tiempo después del velorio, ella quedó embarazada otra vez. Tuvieron un pibito pero nosotros ya éramos grandes así que jugaba con los más chicos de la vecina de al lado, que tendrían más o menos la misma edad. Los padres se sentaban a la noche en la vereda: ahora sí salían, y se agarraban de la mano y no hablaban con nadie pero saludaban y miraban jugar al nene. Nosotros nos juntábamos en la esquina del almacén del gallego a fumar medio a escondidas y los espiábamos.
Nunca volvimos a hablar del mayor ni de cómo había muerto el más chico. Nunca supimos quién lo mató pero las vecinas viejas decían que había sido el hermano, loco por los gritos de la madre. Si hubiera sido él, la policía ya lo habría agarrado, aseguró mi viejo, ¿no se acuerdan cómo vino todo manchado de sangre? No, al pibe lo mató algún degenerado en el parque y el hermano se escapó por el remordimiento de haberlo dejado solo. Después de un tiempo los comentarios se apaciguaron y la muerte del pibe y la fuga del hermano mayor pasaron a ser una anécdota más del barrio.
Y un día, mientras mi señora bajaba del auto y tocaba el timbre en casa de mi vieja, los vi sentados en la vereda, de la mano. Había unos mocositos jugando, se ve que eran los nietos. Ella me miró y yo no lo podía creer: tan linda, los ojos tan brillantes, las manos largas. Como si nunca hubiera pasado el tiempo. Cierto que era nochecita y estaba medio oscuro. Él se levantó para alzar a uno de los chicos y se le subió la camiseta. ¿Y saben una cosa? El tipo no tenía ombligo.

jueves 1 de octubre de 2009

EL LOCO DEL BAROLO


Palacio Barolo
— Este diseño representa los nueve círculos del Infierno — el guía señaló el dibujo intrincado del pavimento—. Observen las gárgolas y los dragones que adornan las columnas de la planta baja,...
MIentras los turistas caminaban, algunos cabizbajos examinando atentos el suelo, y otros señalando las monumentales lámparas de bronce, el ojo habituado del guía distinguió entre la gente, el andar desigual del hombre.
Será posible que no pueda sacármelo de encima pensó con disgusto y cuando se volvió hacia el público, tuvo que esforzarse por quitarse la mueca de la cara. Algunos repararon en el gesto y se alejaron, metiéndose entre otros que pugnaban por conseguir la primera fila.
— El edificio tiene cien metros de altura, para lo cual los constructores tuvieron que solicitar un permiso especial al municipio. Al momento de la inauguración, fue la construcción más alta de la ciudad. La cantidad de metros se corresponde exactamente con la cantidad de Cantos...
Cuando le habían ofrecido el puesto, pensó que tocaba el cielo con las manos. ¡El Barolo! Una joya arquitectónica de la ciudad, un Danteum hasta el más mínimo de los detalles. Había corrido a la biblioteca de la facultad a buscar información; se había metido de cabeza en la obra literaria y sus posibles significados esotéricos, y a investigar sobre los conocimientos alquímicos del autor y de los creadores del edificio. Noches enteras sin dormir, escudriñando verso tras verso, canto por canto, para localizar su ubicación en la estructura.
Sin embargo, eran los versos mismos los que habia llegado a amar; los había hecho suyos a fuerza de recitarlos. Cantos enteros con el ritmo y la pronunciación adecuados, que sonaban en sus oídos como música divina. ¡Cuántas veces había caído en ensueños mientras los leía en voz alta, paseando por los corredores interminables!
El soliloquio del rengo le interrumpió el hilo de los pensamientos.
— Yo no quería matarla...A ella, no... — el hombre avanzaba entre la gente sin mirar—.Pero cuando los encontré juntos... me cegaron los celos...
— Está loco de remate... — el guía no pudo evitar el comentario. Cuando se dio cuenta de que hablaba en voz alta, forzó una sonrisa de los dientes para afuera y concentró su atención en las preguntas de los visitantes, algo desconcertados por la situación. Un turista preguntó por los masones y se agarró a la pregunta como a una tabla de salvación.
— Así es, señor, los constructores también pertenecían a la logia "Fede Santa", pero, bueno, a principios del siglo XX, las logias masónicas estaban muy de moda todavía...
Sonrisas y murmullos de complicidad entre los concurrentes.
— Los círculos del Paraíso se identifican con los ocho planetas conocidos en la Edad Media...
Una dama entrada en carnes se agarraba de a un dedo por planeta y decía que faltaba uno. Educadamente el guía le aclaró que se trataba de la Luna.
— ¡Qué ignorantes! — sentenció la señora y miró a su alrededor buscando aprobación.
— Es que todavía se creía que la Luna era un planeta — acotó un estudioso, que aprovechó para meter baza con la teoría geocéntrica del universo, lo cual le dio tiempo al guía de verificar que el rengo no anduviese molestando a los turistas.
Nunca lo había visto pedir limosna, pero con esa clase de gente, nunca se sabía. De hecho, al único al que seguía con persistencia de perro abandonado era a él.
¿Cuándo lo había visto por primera vez? No podía recordarlo con precisión. Quizás durante alguna de sus primeros recorridos solo, para familiarizarse con el edificio, con el libro bajo el brazo y repitiendo las estrofas. Un recuerdo borroso le susurró algo al oído, pero cuando intentó atraparlo, alguien repitió una pregunta y se apresuró a responder, no fuera cosa que se dieran cuenta de que estaba distraído.
— No, no, las siete terrazas del Purgatorio están representadas por los pisos 1° al 14°,... Claro que divididos por dos — risas por la obviedad.
Algunos propusieron salir a la calle y contar los balcones. La idea le pareció buena, sobre todo porque el hombre recorría con desesperación los círculos dibujados en el suelo, arriesgandose a que un turista tropezara con su pierna inútil.
— Mi propio infierno— farfullaba y esquivaba a la gente—...Francesca, Francesca mía...Condenado para toda la eternidad...
Y yo estoy condenado a que este tipo me rompa las...
— ¡ Hay once balcones! — chilló la señora de los planetas, emocionada por su descubrimiento.
La interrupción lo apartó de los negros pensamientos relativos a esa parte tan importante de su anatomía. Le sonrió y la felicitó. Los demás se arremolinaban en la vereda, deseosos de comprobar por sí mismos la cantidad cabalística.
— Si me acompañan, apreciaremos las nueve bóvedas que componen la entrada.
El rengo se había puesto de pie y avanzaba hacia ellos, retomando el soliloquio monótono. El guía tragó saliva. Miró por encima del hombro: los turistas estaban volviendo. Tuvo una idea salvadora.
— Pero antes, vamos a los ascensores, a visitar el faro.
Algunos lo miraron con sorpresa y uno levantó un folleto intentando protestar, pero él le sonrió sin hacerle caso. Ya había comprobado que el truquito resultaba, porque jamás se había cruzado al rengo en los pisos superiores. Se ve que le tiene miedo a los ascensores.
Mientras los visitantes esperaban con paciencia su turno para subir y ver de cerca el faro que había anunciado la derrota de Firpo a manos de Dempsey, el guía miró de reojo. Ahí estaba, acurrucado al pie de la escalera. Dios santo, ¿por qué nadie lo echa a patadas a la calle?
Los ojos llorosos del hombre se cruzaron con los suyos.
— Yo no quería matarla... Ella se interpuso entre los dos y yo... yo... No quería, no quería... Ahora está muerta, ¿quién podrá perdonarme?
Si de verdad fuera un asesino, no andaría suelto por ahí, razonó. Y de inmediato: ¿Y si cumplió la condena y lo largaron? La posibilidad nunca se le había ocurrido hasta ese momento. Sin dejar de vigilarlo, se metió al ascensor con la última tanda de visitantes.
Ni siquiera recordaba lo que le dijo al grupo apretujado en la cúpula. Tendría que hablar con el administrador del edificio. ¿Si el tipo volvía a las andadas? ¿Si confundía a alguna turista con esa Francesca que nombraba a cada rato? No quería pensar en la posibilidad. Ese mismo día iría a ver al administrador. La presencia del hombre era inadmisible. Una cosa es tener compasión de un pobre vago que no tiene en dónde dormir, y otra, albergar a un posible homicida. Y para colmo, con un par de tuercas de menos.
De nuevo en la planta baja, se dirigió al grupo señalando al techo para apartar su atención del tipo, que andaba en círculos con su deambular sincopado. No pudo evitar seguirlo con la mirada mientras repetía para la audiencia vaya uno a saber qué estupidez respecto de la cantidad de bóvedas y del número nueve.
El loco recitaba unos versos con cadencia inigualable e inconfundible. ¡Sus versos! ¿Qué derecho tenía el tipo...? El Canto V. El quinto círculo del Infierno. Se quedó rígido, atornillado al piso, al borde del dibujo monumental del pavimento mientras el loco arrastraba su pena, su pierna y su locura por el quinto círculo del suelo, alrededor de los turistas ocupados en contar las bóvedas. De milagro no tropezaba con ninguno.
— Ni en la muerte puedo alcanzarte...
Cuando pasó frente a él, lo miró directo a los ojos
— Caín me espera — le dijo—, pero ella no.
— ¡Basta! — el guía susurró furioso y trató de empujarlo, pero no lo alcanzó. El grupo se alejó un poco de él, en dirección a la entrada principal. Algunos lo miraron con algo que, de haber estado más tranquilo, hubiera definido como desconfianza. En ese momento, nada más le pareció que la gente estaba cansada del paseo y de sus desencuentros con el loco. Tenía que distraerlos con algo, pero no se le ocurría con qué.
Frente a la placa con los nombres de los constructores del edificio, un visitante señaló un par de apellidos ennegrecidos. Le respondió casi sin darle tiempo a terminar la pregunta.
— Malatesta, Giovanni y Paolo.
— ¿Eran parientes? — preguntó el curioso.
— Hermanos.
Hizo el siguiente comentario desesperado por desviar la atención del público de su conducta un poco errática.
— Giovanni se suicidó poco después de inaugurado el edificio. El hermano menor, Paolo, había muerto un tiempo antes, para la época en que falleció la esposa de Giovanni. No quedó nadie de esa familia.
— Qué barbaridad— se condolían algunas señoras.
— ... encerrado eternamente en el infierno que yo mismo construí...— la voz del hombre le llegaba con inusual claridad, por encima del murmullo generalizado del público.
Le lanzó una ojeada furiosa, pero el tipo no acusaba recibo de sus indirectas.
— ¿Por qué no se va al sótano, a dormir la mona un ratito? — le dijo de mala manera, y luego se dirigió al grupo, que se había quedado en silencio—. Está chiflado. Se cree un fantasma— aclaró y mostró los dientes en una sonrisa de circunstancias.
¿Por qué habré dicho semejante gansada? Antes de que pudiera reaccionar, los visitantes lo miraron sin expresión y siguieron hasta la salida. Dos o tres amagaron a saludarlo, pero los que los acompañaban les tironearon de las mangas y se los llevaron.
Me tiene harto. Ya mismo voy a ver al administrador. Esto es insoportable, así no se puede trabajar. Con decisión granítica, pulsó el botón del ascensor.
Detrás de él, sentado al pie de la escalera que se enroscaba hacia el primer piso como una serpiente eternizada en mármol de Carrara, estaba el loco recitando en su desvarío.
— Te van a echar a la mierda. Ya vas a ver— lo amenazó, pero el otro sollozaba.
Amor condusse noi ad una morte:Caina attende chi a vita ci spense (1)— recitaba con voz temblorosa.
¿Cómo se atreve?¡Mis versos! ¿Quién se cree que es? . El ascensor llegó, trayendo al administrador consigo.
— ¡Cómo está! — lo saludó con efusividad que el administrador retribuyó más medidamente—. Tengo un problemita del que quisiera charlar.
— ¿No podría ser mañana por la mañana? Tengo una reunión con el contador y...
— Es un minuto nada más. Usted entiende, no podemos seguir recibiendo turistas con ... esto... — y señaló al loco con un ademán— en estas condiciones.
El administrador miró en la dirección en la que él señalaba y meneó la cabeza.
— Tiene razón. Esas escaleras tienen que limpiarse con más frecuencia. Y los ascensores, también. El Barolo tiene que estar reluciente. Mañana mismo hablo con los encargados para que se ocupen. ¿Algún otro problema?
Se quedó mirándolo, mudo de sorpresa, y negó con la cabeza. El hombre se despidió con una sonrisa y salió apurado, a buscar un taxi, y el guía se quedó frente al loco, con la horrible convicción de ser el único en verlo y oir constantemente los versos que repetía. ...quel giorno più non vi leggemmo avante (2)


Ilustración: La Divina Commedia, Dante Alighieri

(1)El amor nos condujo a una sola muerte; Caín espera a quien nos apagó la vida- La Divina Comedia, Canto V, Paolo Malatesta y Francesca da Rimini

(2) ... y ya no leímos más aquel día - La Divina Comedia, Canto V, Paolo Malatesta y Francesca da Rimini

sábado 1 de agosto de 2009

MUDANZAS


La noticia enfervorizó al consorcio durante un mes y revolucionó a la cuadra durante una semana. La señora del 4° H, ¡la Shirley, esa rubia tan simpática!, apareció estrangulada y apuñalada. Los vecinos se mueren por saber cuántas, la policía no deja correr trascendidos, el forense sacó el cuerpo debidamente cubierto para generar más intriga. La portera jura que le dieron como doce o catorce puñaladas.
Silvia, su amiga y vecina del 4° F, estaba en la kermesse del colegio de los mellizos y llega en medio de ambulancias y patrulleros. Nadie escuchó nada, nadie forzó la puerta. Yoryi, el marido de la rubia, es el primer sospechoso y su coartada es mala, muy mala.
— La mucama la encontró tirada en la cama y vestida con ropa de 'esa', ¿se imagina?— la portera revolea los ojos mientras le detalla a quien quiera oirla, la lencería erótica de la finada.
Las vecinas dan por sentada la culpabilidad del viudo.
— Viste, te dije que el tipo tenía una amante, ¿no ves que la usó de coartada? Mirálo vos, con esa cara de boludo— comenta venenosa la del 6° C, codeando a la del 6° D.
—¿Y quién te dice que ella no?— retruca la del 6° D —. Si tenía una pinta, nena, con esos rulos, ¡y las remeras que se ponía! ¡Pero dejáme de joder!
Las pericias confirmaron los rumores: había tenido relaciones.
— ¿Vieron? La tipa estaba de jarana— sentencia la portera— Seguro que el marido la pescó y bueno, ya se sabe...
Todos se miran sabiendo lo que no se sabe pero se sospecha: dos cornudos mutuos que se ajustan cuentas.
— Fue un crimen pasional: vas a ver que en menos de dos años lo largan al marido— asegura el diariero, imbuido de sabiduría judicial popular.
En medio del Maelström de cuernos y puñaladas, los del 4° F se están mudando. Silvia recorre todo el edificio despidiéndose de sus vecinas del alma con besos llenos de mocos.
Mientras la empresa de mudanzas carga el bargueño, Ricardo carga a los mellizos en el auto y pacientemente aprieta cada uno de los botones del colosal portero eléctrico buscando a su mujer.
Silvia sale abrazada a la portera.
-¡Cuánto la voy a extrañar a Shirley!!Pobrecita!— solloza. La portera menea la cabeza.
Silvia se sube al auto y todos juntos, con la historia de sus vidas cargada en un camión, parten hacia un nuevo destino: depto. luminoso, amplio, todo el sol, balcón terraza.
Mientras maneja, Ricardo evoca su primer día en el departamento que acaban de dejar.
Parado en medio del living, hace equilibrio entre cajas a medio abrir, canastos y muebles tirados de cualquier manera. Otra mudanza y van... Ya no quiere contarlas más. Departamentos de toda forma, color, calidad y cantidad de ambientes desfilaron por sus vidas, desde el día en que Silvia y él se conocieron.El depto de soltero de Cabildo, que Silvita terminó invadiendo con sus muñequitos de peluche, los móviles étnicos y las alfombras tejidas a mano por los indios matacos... El pañuelito de 36 metros cuadrados, una cajita de bombones, juró el de la inmobiliaria, donde pasaron como pudieron la noche de bodas y el primer año de casados; el dos ambientes a estrenar en el que festejaron la graduación de él, junto a toda la familia y amigos más íntimos, a saber, sesenta y cinco invitados apretujados con porciones de tarta de jamón y queso, choclo o zapallitos, para celebrar su título de contador. Después, el tres ambientes que tuvieron que alquilar a las apuradas cuando se enteraron que Silvia esperaba mellizos; el de cuatro con dep.de serv., detalles de pintura, inmejorable ubicación, al que se mudaron cuando la mamá de Silvia se instaló con ellos para ayudarlos con los chicos.
Ya pasé por tantos consorcios que perdí la cuenta, evoca Ricardo mientras se rasca concienzudamente la pelada incipiente y mira el descontrol de la mudanza. Uno de los mellizos lo empuja y casi lo manda adentro de un canasto: se están peleando por ver quién saca primero sus juguetes. Poco a poco la casa se transforma en un en un desparramo digno del Big Bang, en el que, en lugar de materia cósmica protoestelar, hubieran repartido hacia los rincones más remotos del universo pulóveres, juegos de mesa y revistas viejas. Ricardo cierra los ojos y se desploma en el sofá, peligrosamente en equilibrio sobre la skateboard de Facundo.
- ¿Dónde está mamá ?- ruega.
Tiene que preguntar dos o tres veces para conseguir una respuesta. Juan Cruz se apiada y entre castañazo y castañazo con el hermano por un home-video de los Power Rangers, le informa.
- ¡Está en el pasillo, charlando con una vecina!
Ricardo suspira.
Silvia es es clase de persona que siempre cae bien: servicial, buena conversadora, no duda en compartir recetas de cocina, teléfonos de pediatra o ginecólogo con sus recién habidas amistades. La mayor habilidad la despliega con las vecinas. Hay que reconocerlo, Silvita es encantadora y voluntariosa, ¡tan dispuesta a sacrificarse por los demás! Es la primera del grupo de madres de la escuela en ofrecerse para la obra de teatro de fin de año, en cocinar las tartas para las kermesses de beneficencia, hacer la colecta para el regalo del Día del Maestro o cuidar la cría de los vecinos del piso de abajo porque los mencionados se van a celebrar el aniversario de egresados del secundario.
Desde que la mamá de Silvia murió el año pasado, más de una vez Ricardo se ha encontrado a su propia madre velando el sueño angelical de los mellizos, porque su mujer está acompañando a una vecina en algún trance doloroso, desde una operación de juanetes hasta el velorio de un pariente colateral en tercer grado.
Silvia siempre lo sorprende con fiestas sorpresa, cumpleaños temáticos y celebraciones del Día del Amigo, con la casa llena de compañeras de trabajo simpáticas y algo tomadoras, algún amigo suyo de la infancia o de la facultad y las infaltables vecinas-amigas-niñeras-cocineras-consultoras sentimentales, que van y vienen de las cocinas del consorcio con empanadas, tartas y sandwichitos de matambre.
Ricardo se siente un poco miserable, un poco hosco, un poquito así de ogro. Le cuesta compartir su vida con los vecinos, los padres de compañeritos de los mellizos, las amigas de la peluquería y los colegas del trabajo de su mujer. Silvia es tan popular que él no puede evitar sentir un levísimo dejo de envidia por esa personalidad avasalladora. En definitiva, la ama, la eligió para el resto de su vida. ¿No dicen que los polos opuestos se atraen?
Se asoma al pasillo y con disimulo echa una ojeada apreciativa a la nueva amiga del alma de Silvia. Rubia teñida con permanente, pelo largo, buenos pechos debajo de la polera naranja y marrón.
—¿Te gustan los colores étnicos ?— pregunta Silvia casi sin aliento por la velocidad de la charla y la otra asiente y engancha otro tema a Mach 2.
La vecina se asoma un poquito en el vano de la puerta y lo mira. No, no lo mira: lo encara con premeditación y alevosía. Ricardito sonríe con sonrisa de compromiso Carrefour y se esconde prudentemente. Tiene buen culo pero una pinta de atorranta... piensa y escucha el comentario de la vecina-bomba sexy acerca de que él y Yoryi, su marido, se van a llevar bárbaro.
—¡Yoryi es di-vi-no!— aclara la voz algo chillona de la vecina.
Silvia lo llama
- Dale, no seas huraño— lo reprende y lo presenta.
—Shirley— dice la rubia.
Él tiende la mano y Shirley se la agarra, le da un tirón y le estampa un beso en la mejilla y las tetas en medio del pecho.
—Tienen que venir a comer a casa un día de estos— asegura Shirley y Yoryi asiente y sonríe.
Yoryi tiene una cara de Cornelio que no se puede creer¸ piensa Ricardo. Sonríe, vuelve la grupa y se atrinchera en el baño con un pensamiento pertinaz que lo persigue: empezamos de nuevo.
La vorágine de imágenes lo arrincona entre el bidet y la bañera, ahí donde va la balanza, instrumento de tortura y autoflagelación de Silvia.
Otra vez lo mismo, y el aire le pasa entrecortado por la garganta y el pecho. Delante del espejo se saca los lentes de marco oscuro y se escudriña analítico. Ve lo de siempre : los ojos apenas tristes porque los tiene un poquito caídos, el pelo en retirada, la pancita. La estampa cabal del hombre de familia serio y profesional medio boludo de tan intachable. ¿Por qué a mí? ¿Qué hice para merecer este castigo? Nunca lo pedí, nunca...
Resignado, vuelve al living a desatrancar el desbarajuste en el que se convirtió la mudanza. Shirley y Yoryi están ayudando a Silvia. Shirley le dedica una sonrisa espléndida. Siempre terminamos igual, se lamenta Ricardo y se agacha a sacar la skateboard de Facu de debajo del sofá.
Él quería alquilar una casita en las afueras, con un lindo terrenito y vecinos menos conspicuos, pero Silvia prefiere los departamentos con buena ubicación: le quedan cómodos por el trabajo, el colegio de los chicos, la hermana, la suegra que vive lo suficientemente lejos para que no joda y lo suficientemente cerca para joderla de vez en cuando...
La voz de Silvia interrumpe el silencio mayúsculo que reina en el auto.
- ¿Por qué, Ricardo, por qué ?- contiene un sollozo.
Ricardo aprieta las manos en el volante y sigue manejando sin responder.
- Alguna vez tiene que parar...- insiste Silvia y se seca los mocos-. No podemos vivir mudándonos...
Él menea la cabeza: Tiene razón, no hay nada que hacer..
- No puedo más... Algún día se van a dar cuenta ...- murmura Silvita mientras hipa-. ¿Pensaste en los chicos?
Él suelta una mano y le acaricia el pelo. Más bien que pienso en los chicos. Y en vos también. Yo te quiero, claro que te quiero. Somos tan distintos, debe ser por eso. No puedo hacerte lo que les hago a ellas, ¿entendés? Me darían por lo menos veinticinco años de cana y entonces, ¿quién carajo cuida a los pibes?

domingo 19 de julio de 2009

EL TELEVISOR NUEVO


Miró a su marido en éxtasis frente al televisor nuevo que les había costado poco menos que una hipoteca. Los parlantes estereofónicos hacían temblar los vidrios del cristalero heredado, único mueble con historia en esa casa que era su prisión desde hacía un cuarto de siglo. No necesitaba ver el contenido para describirlo: cinco platos playos y cuatro hondos de lo que había sido un juego para doce personas; tres copitas de licor de color azul y dos, verdes; una tetera de porcelana con el pico roto; ocho copas para vino tinto de distinto tamaño y origen; seis compoteras de vidrio con florcitas pintadas; una sopera sin la tapa. Algún portarretratos, adornos baratos y una mala imitación de un Lladró. El mueble resumía su vida y cómo le había ido en ella. Ella hubiera querido comprar uno nuevo, con cajones y puertas para preservar el deterioro de la vajilla de miradas indiscretas. O el lavarropas automático, sueño inalcanzable que las puyas maritales habían convertido en caprichos de una mente enloquecida por la ambición. Tan ensimismada estaba que su marido tuvo que aullar dos veces pidiendo el mate. Se lo alcanzó y él tanteó el aire para agarrarlo, sin despegar los ojos de la pantalla monstruosa que transmitía la previa al partido.
— Está frío— se lo devolvió brusco.
— Bueno, voy a calentar el agua.
El gruñó y se acomodó en el sofá veterano de varias campañas. Podrían haber comprado un juego de sillones. Un sofá y dos silloncitos lindos con tapizado floreado, como los de la mueblería de la avenida. ¿Hacía falta un televisor tan grande? Él se había puesto furioso.
— ¡El mundial se juega cada cuatro años y la tipa quiere verlo en un televisorcito de mierda!
La discusión había subido de tono hasta el clímax habitual. Ella se había quedado en casa con hielo en el ojo y él se había ido a comprarse el televisor. Ni siquiera esperó a que se lo mandaran y contrató un flete para traerlo. Bajarlo de la camioneta junto con el fletero renuente, fue una hazaña homérica. Resollaba como un buey cuando se desparramó en el sofá desvencijado. Le había pedido la sublingual a los gritos y ella había corrido solícita con la tira de pastillas. Él tomó una y después otra y ella se asustó; le preguntó si se sentía bien y él le contestó que no le rompiera las pelotas y lo ayudara a acomodar el televisor. Ella corrió a sacar el aparato de miserables veinte pulgadas. Desembalaron la maravilla tecnológica y la pusieron en la mesita del televisor defenestrado, que asomaba ridícula debajo de la mole faraónica. En un gesto de generosidad, él le dijo que se llevara la tele vieja al dormitorio.
Cambió la yerba al mate y puso agua fresca en la pava. Mientras esperaba, miró las cajas de medicamentos alineadas en la mesada. El hipotensor, el betabloqueante, la sublingual, el miorrelajante, el sedante. En la alacena, escondidos detrás de la lata de pan rallado, estaban sus antidepresivos. Si él se enteraba, la molía a palos. ¿Para qué mierda los quería? ¡Si estaba más sana que un toro! Los tomaba para joderle la vida, porque le gustaba estar enferma y como no sabía de qué, inventaba. Sufrir del corazón, ¡eso era estar enfermo! Y que revisara bien la fecha de vencimiento, como le había dicho el cardiólogo, que ella era medio pelotuda y por ahí le daba un comprimido pasado. "Un medicamento vencido no tiene efectos terapéuticos, así que revise bien cuando los compre, señora". Obediente, ella revisaba las fechas y las anotaba, para no equivocarse.
— ¿Y…?¿El mate? ¡Dale que está por empezar!
— Ya voy.
Rezó un padrenuestro, dos, tres. El himno nacional brotó por los parlantes estereofónicos, ella se persignó y apagó la hornalla. Él estaba de pie, tembloroso, mientras modulaba las estrofas patrias. Ella se asombró de los milagros del fútbol y por las dudas se quedó parada, no fuera cosa de ligar un sopapo por falta de fervor patriótico-futbolero.
El primer tiempo transcurrió sin más sobresaltos que los que generaba el relator, ansioso por un poco de emoción.
— ¡Es la final, muchachos, pongan sangre, carajo!— su marido se desgañitaba como un poseso— ¡Metan pata, maricones!
Ella cebaba mate con la cabeza gacha. Casi a los cuarenta y cinco minutos, después de una gambeta magistral, la pelota pasó a medio centímetro del travesaño. El público del estadio rugió, el relator se ahogó de la emoción y su marido saltó del sofá gritando el gol que no había sido e insultando a familiares y deudos del jugador en cuestión. Cuando se sentó, jadeaba y se agarraba el costado izquierdo.
— ¡Qué pedazo de hijo de puta, podés creer, errarle así, así!— y separaba un centímetro el pulgar del índice—. ¡Así, así!— gritaba sin soltarse el costado. Ella desvió la mirada.
— ¿Caliento más agua?
— No, que me da ganas de mear. Traé los bizcochitos.
— Bueno…
Se peparó una taza de té y volvió a su puesto cuando empezaba el segundo tiempo. Los bizcochitos desaparecían en progresión aritmética y las puteadas crecían en progresión geométrica a medida que pasaban los minutos sin señales de vocación goleadora albiceleste. A los treinta y tres minutos, un Aquiles nativo inscribió su nombre en la gloria con un gol. La pantalla del televisor se cubrió de papelitos, el barrio entero estalló y su marido saltó encima del sofá para gritar mejor mientras se agarraba con las dos manos.
— Sentáte que te va a hacer mal.
— ¡Calláte, lechuza de mierda! ¡Andáte a la cocina, querés!
La prudencia aconsejaba retroceder pero se quedó, vigilante. A los cuarenta y cinco minutos treinta segundos, un gol de los contrarios planchó las esperanzas de treinta y ocho millones de argentinos desesperados por ser los primeros del mundo en algo más que inflación, corrupción y desempleo.
—No lo puedo creer— murmuraba él, agónico—. Qué manga de pelotudos, pero dónde estaba ese arquero de mierda, no lo puedo creer…
El árbitro, implacable, adamantino, pitó el final del partido y el inicio de la segunda parte de la sesión de tortura. Dos tiempos de quince minutos y después, los penales. La posibilidad de los penales la hizo estremecer.
El primer tiempo del alargue transcurrió entre ansiedades y puteadas y sin goles, igualito al segundo. Las patadas parecían calcadas y los expulsados de cada equipo, también.
— ¡Se vienen los penales!— anunció el relator con voz estrangulada por la emoción.
Ella lo espió sin levantar demasiado la cabeza: estaba rojo; la vena de la frente le culebreaba desde el nacimiento de la pelambre exigua hasta las cejas tupidas; el cuello de toro estaba hinchado y por la camisa entreabierta asomaban los pelos ralos y blancos del pecho brilloso de sudor. Casi cedió al impulso de preguntarle si no quería la sublingual, pero su instinto de supervivencia le cerró la boca y la mantuvo sentada en su lugar.
Para no tentarse, clavó la mirada en el piso de parquet astillado. Podríamos haber pulido el piso y arreglado las sillas del comedor con lo que gastamos en ese televisor. Y hubiera sobrado plata. La voz seca del relator le informó que del otro lado del planeta festejaban "su" primer penal. Quién sabe, podríamos haber pintado. Apretó los dientes para no llorar. Sus pensamientos decorativos quedaron ahogados por los festejos del primer penal argentino. Otro penal convertido, otro alarido cósmico. Y el tercero. De "ellos" y de los "otros". Tres a tres y faltan dos, contabilizó. Se obró el milagro: los "otros" erraron el tiro.
— ¡Dios es argentino, carajo, vamos todavía!— él resopló y ella se escondió detrás de la taza vacía. El grito de desesperación la hizo saltar. Se asomó para verlo llorar, putear y retorcerse de rabia y de dolor.
— ¡Ese pelotudo erró el penal, podés creer, no, si es un paralítico, habría que cortarle las piernas!— lo vio vacilar, frotarse el brazo y el hombro izquierdos, pararse y volver a sentarse, abrir la boca en una mueca sardónica, los tendones del cuello como elásticos a punto de romperse. La taza le tembló en la mano. Los "otros" se preparaban para el quinto penal. El arquero argentino voló hacia el ángulo exacto en el momento preciso y detuvo el objeto infernal, anatemizando el gol.
— ¡Qué grande que sos, papá! ¡Maestro, ídolo, te van a hacer un monumento!— pero él ya no tenía más voz y las palabras le siseaban entre los dientes. Ella no podía, no quería mirar y apretó los ojos hasta que vio estrellitas.
El universo se llenó de voces que gritaron el gol que les compraba la gloria hasta el siguiente campeonato. Abrió los ojos para ver que ese gol también le compraba la libertad. En la pantalla y en la calle, nevaban papelitos. Él la miró y ella le vio la muerte en los ojos enormes, en la boca abierta y muda; en las manos que agarraban el costado izquierdo inútil y traidor. Él intentó levantarse pero se escurrió de cara al suelo con un ruido blando. Una mancha le oscureció los pantalones gastados.
Sin atreverse a respirar, corrió hasta el teléfono y llamó al SAME.
Los hombres de verde se miraron y negaron con la cabeza.
— No hay nada que hacer— dijo uno y enarcó las cejas.
— ¿Estaba tomando medicación?— preguntó el otro y ella le llevó todas las cajitas—. Ah, bueno, el hombre tenía un cuadro severo.
— Y sí, doctor, hace ya como seis años que se trata. Que se trataba — y aguantó un sollozo.
Los hombres de verde fueron gentiles: le hicieron el certificado de defunción — “causa de la muerte: infarto masivo de miocardio”— , y la ayudaron a llamar a una empresa de pompas fúnebres. Una vecina la acompañó a hacer los trámites.
Dos días después, juntó todos los comprimidos, inclusive los nuevos, que escondía desde hacía un año detrás de la lata del pan rallado. Tiró todo por el inodoro aunque le dio pena, porque alguien podría haberlos aprovechado. Después, llamó a la casa de electrodomésticos para negociar el cambio del televisor por un lavarropas. No muy grande, total era para ella sola.