martes 15 de diciembre de 2009

UN AÑO EN LA VIDA DE UN POLICÍA GORDO: DICIEMBRE


Hacía frío. Aún para él, cuyo mastodóntico tamaño le proveía también abrigo la mayor parte del año. El verano era una tortura, menos mal que duraba poco. No hay nada peor que andar de servicio sudado. Aunque en ese día de frío terrible casi añoró el verano metropolitano, súbito y fugaz. En cualquier momento se congela el río, pensó.
Colgó el sombrero que le quedaba apenas chico, bastante ridículo y muy anacrónico y el sobretodo-impermeable-compañero de desazones e injusticias y miró de reojo las huellas húmedas sobre el pavimento gastado de las oficinas. Los de Limpieza van a bufar cuando los llame. Mientras acomodaba a su alrededor el mobiliario, espió la puerta con placa dorada. Cerrada. Seguro que hoy no vino. No había hecho más que sentarse y estaba encendiendo un bien ganado cigarrillo — hoy no había nadie que le rompiera las pelotas con la prohibición de fumar— cuando la puerta fatídica se abrió.

La figura pequeña y bien formada se delineó a contraluz en el marco. Durante las décimas de segundo previas al llamado se concentró en la imagen para conservarla en la memoria. Se levantó haciendo ruido con el sillón viejo y familiar y cruzó la oficina completamente vacía excepto por ellos dos. Un olor ajeno y desagradable se le entrometió en los sentidos. ¿Qué mierda…?
Entró y ella ya estaba parapetada detrás del escritorio que le quedaba grande, como una nenita que jugase en el escritorio de papá. No pudo evitar que la sonrisa se le colara entre los labios. Como siempre, ella le pescó el gesto pero no le dedicó la ojeada gélida habitual. Tenía motivos: del otro lado del escritorio, junto a “su” sillón, estaba el origen del mal olor. De edad indefinida, la barba y el pelo enredados en la misma maraña y los ojitos oscuros brillando debajo de todo ese matorral como los de un animalito. Envuelto en capas parduzcas de prendas no identificables, tanta era la mugre que tenían.
La comi le había servido un café al sujeto. Menos mal que no se lo sirvió en mi taza, y para prevenir el posible lapsus, tomó su jarro cascado de encima del archivero y se sirvió una buena ración de café caliente y perfumado. Cuando se volvió hacia el escritorio con la nariz fruncida, era el turno de la comisario de contener una sonrisita irónica mientras sus ojos iban y venían entre el hombre en el sillón y él.
—Jefe, pensé que hoy no venía —se repantigó en el sillón restante, alejándose todo lo que podía del otro sin parecer muy grosero.
— No veo porqué no debería venir.
Se encogió de hombros: no tenía ganas de empezar el día discutiendo. Además, estaba el hecho evidente de la presencia de ese tipo.
— ¿El… señor? — aventuró.
— El señor vino a hacer una denuncia y no querían tomársela.
El aludido sacudió la cabeza y en medio de la maraña de pelos apareció una sonrisa desdentada.
— Pero la señora comisario me recibió. Es muy gentil.
Ella también sonrió y durante el lapso de un segundo le pareció que había salido el sol. Lo único que te falta, tarado: frases de novelita romántica. Mantuvo la compostura policial correspondiente a su rango componiendo su mejor cara de bulldog.
— El señor informa que uno de sus compañeros fue secuestrado hace cinco días— decía la comi.
Casi se atragantó con el café. ¿Secuestrado? ¿Quién querría secuestrar a un vago semejante? Y con ese olor…
— Se lo llevaron en un auto caro y no volvió más— explicó el hombre.
— Se lo llevaron… — repitió él.
— Yo ya había visto el auto dando vueltas por el bosque y el otro día, bueno, pararon y se lo llevaron.
— ¿Recuerda cómo fue? — preguntó.
El hombre abrió y cerró la boca un par de veces.
— Yo me estaba preparando para dormir. Él andaba cerca de los tachos buscando diarios.
— ¿Para taparse?
— No: le gustaba leer los diarios.
Se quedó mirando al sujeto con incredulidad. ¿Un sin-techo que lee los diarios?
— ¿Y entonces?
— Entonces llegó el auto ese que yo había visto rondando, se paró al lado del tacho y bajó un tipo… — se tomó el último sorbo de café y se quedó mirando a su alrededor como si tratara de atrapar la imagen del desconocido.
— ¿Y cómo era ese tipo del auto? — preguntó él después de unos instantes de silencio incómodo.
— No sé… Ya estaba medio oscuro…
Paciencia. No pierdas la paciencia.
— ¿Y su amigo, qué hizo?
El hombre lo miró como si no entendiera.
— Digo, ¿se resistió a subir, hizo algún intento de escapar?
— Se fue sin despedirse…
Este boludo me está jodiendo. Las palabrotas debieron notársele en la cara porque la comi lo acuchilló con la mirada.
— ¿A qué se refiere con que su amigo no se despidió?— preguntó ella con amabilidad.
— Mi amigo, sabe, es un hombre educado… Un caballero… Nunca se hubiera ido sin saludarme ni decirme que se iba…No… No puede ser. Esa gente se lo llevó.
El celular de la comisario empezó a reptar por el escritorio presa de un ataque epiléptico. Ella leyó el mensaje y se levantó a ponerse el abrigo y tomar el bolso.
— Nos esperan en la morgue.
— ¿Hoy?
— Capitán, deje de decir “hoy” como si fuera el día del Juicio Final.
Se está irritando. No preguntes más boludeces.
— Quise decir, ¿por qué?
—Para identificar el cuerpo congelado que apareció ayer en uno de los amarraderos, ¿ya se lo olvidó? Señores…
Trotó tras ella y el apestoso hasta la calle y se metieron los tres en un auto oficial. Menos mal, porque en el autito de juguete de la comisario él no tenía modo de acomodar su humanidad. Abrió las ventanillas para que el frío le embotara el olfato.
Las calles estaban semivacías. El cielo amenazaba con más frío en estado sólido o líquido, que a los efectos prácticos era la misma calamidad. No le había dedicado mucha atención al último finado: en esa época del año, los sin-techo eran los primeros en caer.
Los pasillos de la morgue olían a antisépticos que apenas disfrazaban el olor de la muerte. Casi prefirió el hedor del tipo. El encargado los llevó hasta las heladeras y abrió una de las puertas metálicas. Cuando el encargado descubrió el rostro del cadáver, el hombre contuvo un sollozo.
— Yo sabía… Yo sabía… Él nunca se hubiera ido así, sin saludarme… — extendió una mano y rozó el cuerpo—. Adiós, mi amigo.
Algo muy adentro se le quebró: ese hombre acababa de perder todo lo que tenía. Dio media vuelta para que la comi no le viera la expresión acongojada. Mierda, estoy hecho un pelotudo sentimental.
— Es… era… Un poco ido, sabe… No le andaba bien la cabeza… De vez en cuando se mareaba y se desmayaba, ¿sabe? Menos mal que yo siempre me guardo un caramelito, je, y se lo daba… Enseguida se ponía bien… Y a veces hablaba del velero. Je, un velero. Yo le decía que sí y él se ponía contento, pobre…
— Si le parece bien lo llevamos a un refugio— dijo la comi.
— Yo, la verdad, no… pero, bueno, sí, mejor… Mejor no pasarla solo hoy… ¿Puedo ir a buscar mis cosas?
Las “cosas” del tipo constituían un bulto mugroso de regulares dimensiones que cargó en el baúl del auto oficial. Y que se arreglen los de Mantenimiento con el tufo, pensó él mientras aguantaba la respiración.
—¿Ven? — el hombre les señaló una pila de diarios — Leía los diarios todos los días.
Encima de la pila había un periódico prolijamente doblado que mostraba la fotografía de un velero en una regata.
— ¿Qué les dije? Le gustaban los barcos.
Dejaron al tipo en un refugio urbano y le prometieron que le informarían lo que pudieran averiguar.

Se sentó de nuevo al volante: la comi tenía una particular vocación suicida por la alta velocidad en espacios urbanos y él no tenía ganas de matarse en un slalom automovilístico en las calles grises de nieve. Ni siquiera sentado al lado de ella. Pero era evidente que la comi estaba entretenida en otra cosa porque si no, hubiera protestado y le hubiera exigido las llaves del auto.
— ¿Tenemos algún dato de identidad? — preguntó mientras encendía un cigarrillo.
—Todavía nada— respondió ella mientras guardaba el diario con la foto del velero en el agujero negro que cargaba en el hombro a modo de bolso. Alguien alguna vez le había mandado de regalo una cartera preciosa y a escala de su tamaño. La comi había sonreído, había agradecido la atención, había archivado la carterita encantadora entre el termo y las resmas de papel y el bolso informe continuó triunfal su carrera en la policía.
El zumbido del celular de la comi interrumpió la conversación. Ella respondió seca y anotó en el dorso de la carpeta del informe forense que traía en el bolso. Cuando cortó, enarcó las cejas y lo miró de reojo.
—¿Quiere reírse un rato? Este tipo fue dado por muerto hace tres años.
—El cadáver se hizo esperar— comentó con el cigarrillo colgado de la comisura.
—Nuestro muerto viviente murió de un coma alcohólico. Lo habrán conservado en alcohol— acotó ella con un humor negro feroz—. Aunque... — abrió el informe y leyó en silencio hasta que él preguntó intrigado:
— ¿Qué más?
— Era diabético.
— Los diabéticos no se emborrachan: es suicida— algo se le encendió en algún lugar de la cabeza —. Oiga, jefe, si el tipo era diabético y como quiera que sea sobrevivió tres años a su defunción, tiene que haber recibido algún tipo de atención médica o por lo menos seguir alguna dieta, ¿no?
Ella lo miró con una ceja levantada.
— No creo que tuviera una dieta rica en grasas y azúcares viviendo en el parque.
— Hum, sí, bueno... ¿El que acabamos de dejar será alcohólico?
— No me pareció. No olía a alcohol.
— No: a mugre — murmuró él.
— Lo que no quiere decir que de vez en cuando...
— Un traguito no mata a nadie.
— Y el alcohol en pequeñas cantidades mantiene los niveles de azúcar bajo control.Pero muchos traguitos...— ella cerró la carpeta y lo miró—. Tenemos el último domicilio.
—Vamos entonces.
El barrio del finado múltiple era de los elegantes. El edificio también. Mientras subían en el ascensor, luego de identificarse ante un portero con más humos que el duque de Windsor, se miraron socarronamente el uno al otro. Sí, la verdad es que los sueldos no dan para vestirse con ropa de primera clase.
La mucama que abrió la puerta bien podría haber sido la duquesa de Windsor. Lanzó la nariz al aire.
—Ya colaboramos...
—Policía. Y todavía no colaboraron. ¿La señora...? —el tono y la placa dorada de la comisario no admitían réplicas.
La duquesa entrecerró la puerta con el morro fruncido, diciendo que avisaría a "madame".
Dos segundos más tarde, una muñeca rubia y vestida como para ir a una gala en la ópera abrió la puerta.
—¿Policía? —preguntó "madame" con ligero horror.
La comisario exhibió una sonrisa candorosa.
—Señora, le ruego disculpe semejante intromisión... Realmente lo lamentamos...
Detrás de ella, él asintió con expresión preocupada. La jefe está poniendo el numerito. Ya sabía lo que tenía que hacer.
—Si Ud. fuera tan gentil— insistió la comi con esa vocecita engañosa que él ya le conocía— , necesitaríamos hacerle unas preguntas.
"Madame" les franqueó el paso a un piso insoportablemente elegante. Junto al ventanal un hombre alto fumaba, tan perfumado que el aroma le llenó las fosas nasales, desalojando el recuerdo de los antisépticos de la morgue y el aroma que había quedado en el auto.
—Querido...—llamó la muñeca rubia —los señores son policías.
"Querido" los miró indiferente.
—¿Algún problema? —preguntó con voz ronca.
"Querido" parece un actor de telenovela italiana, de esas que le gustan a mi madre. La comisario se llevó a "madame" a un extremo de la habitación y "querido" las siguió sin perderles pisada. Bien, tengo el campo libre. Comenzó a observar, dando pasitos cortos y deslizándose hacia los pasillos interiores, al tiempo que paraba las orejas.
—Señora, la verdad es que...lo lamentamos. Encontramos a su esposo... esta madrugada... muerto.
—¿Mi esposo, muerto? Comisario, ¡qué tontería! Mi esposo murió hace tres años —la rubia agitó el pelo.
La escuchó rebuscar en el bolso la Polaroid que habían sacado en la morgue. Casi podía imaginar la carita de inocencia del jefe: los ojos muy abiertos, la boca apenas entreabierta. Toda una colegiala.
—Disculpe, señora... —le dio la Polaroid —. Éste es el hombre. La identificación de las huellas fue positiva. El... occiso —lo pronunció casi con vergüenza— tenía domicilio aquí, figuraba como casado... con Ud.
La mujer tomó la foto, la miró y la devolvió con indiferencia suprema.
—No pongo en duda nada de lo que diga el Departamento de Policía y su división de Identificaciones, pero mi marido desapareció hace tres años y se lo dio por muerto— la rubia estaba muy convencida.
— Yo... disculpe... pero, ¿podría acompañarnos para identificar el cuerpo?
— ¿Hoy? — la mujer la miró con disgusto—. La verdad, comisario, es que si pudiera ir en otro momento, no sé, mañana o pasado... ¿No basta con la foto?
— Es el procedimiento, señora.
Él se metió en varios cuartos: no había nada fuera de lo usual, si lo usual en esa casa era el confort suntuoso. En una habitación que parecía el estudio había una foto de un velero, y fotos de la rubia y “querido” muy abrazados y sonrientes a bordo.
Volvió al salón cuando la rubia relataba las circunstancias de la desaparición de su marido.
—... se soltó una de las velas, lo golpeó y cayó por la borda. La tormenta era tremenda pero buscamos con helicópteros, buzos, de todo. Finalmente lo dieron por desaparecido y bueno, Ud. ya sabe, en caso de accidente marítimo, después de un plazo...
—Por supuesto. Comprendo perfectamente— la comisario se puso de pie tímidamente—Pero... podría ser que... no sé, se hubiera salvado, lo hubieran rescatado desde algún otro barco...
—Velero—corrigió “querido” con suficiencia— Era una regata.
—Velero—asintió la comisario—. Digo, si lo rescataron, y él no recordaba... A veces pasa...
—No lo sé, comisario. Todo esto es muy extraño. Muy extraño. Mi marido desapareció... y ahora... reaparece asesinado. No sé.
—Sí, es muy extraño. Bien, señora, señor, ya no los molestamos más. Necesitaríamos nada más que reconociera el cadáver pero, bueno, podemos esperar hasta mañana.
— Se lo agradezco, comisario— intervino "querido" y la rubia sacudió la cabeza.
— ¿Vamos, capitán?
Él se apresuró a saludar y se fueron casi corriendo.


En el auto, la comi tenía una expresión dura.
—¿Qué encontró?— ella preguntó.
—Nada aparte de esto— le dio una foto que se habia robado del estudio—. Después me escurrí hasta la cocina y ni basura había. Todo tan impecable...
La comi abrió el bolso.
— Mire— puso la foto junto a la del diario.
— Es el mismo barco.
— “Velero” — lo corrigió ella imitando la voz de “querido”.
Se estaban sentando en el auto cuando tuvo una idea y manoteó su celular. En menos de diez minutos la descripción del muerto circulaba por los hospitales de la zona. Ella lo aprobó. A punto de arrancar, ella lo detuvo con una manita sobre su brazo.
—Todavía no.
—¿En qué está pensando, jefe?
—Esperemos a que llamen de algún hospital.
—Podrían no llamar...
Pero esperaron con el motor en marcha para mantener la calefacción funcionando, mientras la comi le contaba lo que habían hablado con la rubia. Después de un silencio largo y pesado, durante el cual ambos masticaron las declaraciones, sonó su celular.
Cuando cortó, la comisario lo miraba con una intensidad que sabía no le estaba destinada a él.
— Al hospital— dijo y arrancó.
Una asistente social los esperaba. Le mostraron la Polaroid del cadáver y la mujer asintió. Unos diez días atrás, el hombre había ingresado a la guardia del hospital con un cuadro de hipoglucemia leve. Mientras le pasaban suero, el tipo no paraba de hablar de un velero. Tanto insistía que una de las enfermeras recordó que había un velero en la tapa de uno de los diarios y se lo mostró. El hombre se emocionó tanto que no pudieron sacarle nada coherente. Lo dejaron solo en la sala porque entraron dos accidentados y cuando volvieron, el tipo se había ido llevándose el diario. Ella pensó que quizás el hombre tuviera algo que ver con los propietarios del velero, los localizó y se comunicó con alguien que se identificó como un empleado de la familia. El hombre se presentó en el hospital, admitió que la embarcación pertenecía a sus patrones que estaban fuera del país en ese momento y negó cualquier relación con el sin-techo. Dejó un domicilio en una localidad a 50 kilómetros de la ciudad. La descripción del tipo se ajustaba a la perfección a la de “querido”.
Le dieron las gracias a la mujer y de vuelta en el auto, él llamó a la delegación policial de la localidad para pedir la verificación del domicilio pero no fue necesaria demasiada investigación: era la dirección del hospital regional. Estaba arrancando el auto cuando la comisario saltó en el asiento como si le hubieran puesto un resorte.
— Llame a la asistente social y pregúntele si al sin-techo le dieron un baño.
— ¿Qué?
—¡Llámela!
No, no lo habían bañado. No habían tenido tiempo. La comi volvió al reporte forense.
— El cadáver estaba limpio y llevaba ropa limpia.
Se miraron durante unos segundos.
— Así que en lo de “madame” no había basura...— murmuró ella.
Él miró el reloj.
— ¡Vamos antes que el portero la saque!— arrancó y salieron a toda velocidad, sin importar la nieve.
Corrieron hasta la entrada de servicio: el portero, no tan regio como cuando les había abierto la puerta, fruncía el morro con los desperdicios.
Esta vez no hubo contemplaciones: las dos placas hicieron que el ex duque de Windsor abriera las bolsas. Afortunadamente, sólo había pisos completos en el edificio, así que eran pocas bolsas.
—¿Cuál es la del cuarto piso? —preguntó imperioso.
—¿Y yo qué sé? —rezongó el portero.
—Mejor que sepa porque si no tendrá que abrirlas y vaciarlas a todas, una por una.
El tipo lo pensó mejor y eligió. Desparramaron el contenido con los pies.
—¡No toque nada! — aulló él cuando el portero trató de meter mano.
La comisario ya tenía puestos los guantes de polietileno cuando metió las manos para recoger lo que buscaban.
Se demoraron el tiempo suficiente para pedir una patrulla y subieron. "Madame" y "querido" estaban a punto de salir.
—Señora, señor, necesitamos hacerles unas preguntas— la voz de la comisario ya no era candorosa ni amable.
Los tipos los dejaron pasar, pero ya no se veían tan glamorosos como la primera vez.
Él y la comisario ocuparon las posiciones acostumbradas: ella sentada; él de pie detrás, los hombros cuadrados y sin expresión. La comi, enfundada en su habitual trajecito negro, transmitía una ominosidad inquietante: una reina severa a punto de castigar a sus súbditos mientras él, su ministro de confianza, se aprontaba a ejecutar la sentencia. Estoy leyendo demasiada novela histórica.
—Señora —decía la comi —acabo de recibir un reporte de uno de los hospitales de la ciudad. Un hombre ingresó hace diez días con hipoglucemia. Ese hombre apareció muerto ayer, congelado en un amarradero y fue identificado como su marido. ¿Tiene algo que decir al respecto?
—No, comisario, no tengo nada que decir. Ya se lo expliqué: dimos por muerto a mi marido hace tres años.
—Pero estaba vivo. Y se mantuvo vivo durante esos tres años para venir a morir aquí. Murió de un coma alcohólico.
—No sabía que bebiera— la mujer torció la boca y desvió la mirada—. Nunca bebió mientras estuvo conmigo.
—Le creo, señora. La autopsia también determinó que su marido era diabético.
— Es cierto — el gesto de impaciencia torció la boca maravillosamente maquillada—. No necesitaba insulina, tenía un cuadro leve.
—Tan leve que sobrevivió su enfermedad durante todo este tiempo para volver a casa y morir de un coma alcohólico. El alcohol es fatal para un diabético.
—¿Y qué? —la rubia la enfrentó abiertamente.
— Que tengo una teoría. A ver qué le parece. Su marido se cayó del velero en circunstancias que no pudieron comprobarse...
— Fue un accidente— siseó la rubia.
— No puedo discutirle una sola palabra de eso, señora— la comi la interrumpió tan sibilina que la rubia retrocedió como si la hubiera mordido—. Permítame continuar. Su marido fue rescatado pero había perdido la memoria. Sobrevivió estos tres años seguramente porque viviendo como un sin-techo mantuvo una dieta estricta a la fuerza. Pero tanta dieta puede tener efectos negativos: cada tanto, le daba hipoglucemia, se mareaba y se desmayaba y sus compañeros de infortunio en el parque le conseguían algún caramelito. La última vez terminó en un hospital del barrio, de donde regresó al parque que conocía como su hogar. Pero en el hospital había identificado algo de su pasado que hizo que ese pasado volviera a buscarlo a él. Dos días después de haber salido del hospital, un auto comenzó a rondar el sector del parque en donde habitualmente se instalan los sin-techo. Unos días más tarde, su marido subió a ese auto y no fue vuelto a ver por sus compañeros hasta que apareció tirado en un muelle, intoxicado de alcohol hasta morir, esta vez definitivamente. Convengamos que el frío hizo su parte.
—¿Y nosotros qué tenemos que ver con todo esto? —insistió la rubia, con un tono de voz apenas agudo.
—Capitán...
Ahora me toca a mí. Fue hasta la puerta de entrada, salió al pasillo y volvió aguantando la respiración. La rubia y "querido" se quedaron mudos y en ese momento, tocaron el timbre.
La duquesa de Windsor abrió sin decir ni mu y tres uniformados entraron haciendo venias ceremoniosas.
— Por otra parte, señora— la comisario siguió después de saludar a los de uniforme—, en nuestra primera visita jamás mencioné que su marido hubiera sido asesinado. Eso corrió por su cuenta.
La mujer perdió el control.
—¡Ese hijo de puta! ¡Tenía que venir a arruinarnos la vida! ¡Estaba muerto, muerto! ¡Estuvo muerto tres años, por qué mierda tenía que aparecer! ¡Dios mío, no es justo! ¡Maldito enfermo, maldito hijo de puta, maldito cornudo hijo de puta madre!
Mientras dos de los uniformados esposaban a la pareja, él llamó al tercero y le entregó la bolsa de polietileno llena de la ropa apestosa y maltrecha del pobre finado, mezclada con basura y borra de café.


Esta vez entraron juntos al despacho de ella y se sentaron uno a cada lado del escritorio enorme.
—Váyase a casa —murmuró la comisario.
—¿Piensa quedarse sola?
Antes de responderle, se encogió de hombros.
— Es una noche muy especial. Váyase a casa.
—Soy judío, ¿no se acuerda? Y ya celebré Januká ayer.
Ella le echó una ojeada reprobadora y después lanzó uno de sus dardos de ácido.
—Bueno, después de todo, hoy se celebra el cumpleaños de un judío famoso.
—Tiene razón. Feliz Navidad, jefe.
—Feliz Navidad, capitán.
Se quedaron juntos hasta que llegó el relevo a las seis.

domingo 8 de noviembre de 2009

UN AÑO EN LA VIDA DE UN POLICÍA GORDO: NOVIEMBRE


Avanzó entre la multitud a fuerza de imponer nada gentilmente sus dos metros de altura por otro tanto de circunferencia. El público acusó el impacto de su arribo de paquebote a todo vapor con diversos grados de incomodidad que iban desde el simple gruñido hasta auténticos quejidos de dolor y uno que otro traquido de huesos maltratados. Los uniformados, ya habituados y sobre aviso, se limitaron a abrirle paso, prudentes y alineados como corresponde a las fuerzas del orden.
"¡Con cuidado, gordo!", aulló un curioso sin saber que arriesgaba la vida con el apelativo, por muy epitético que fuera.
Desde su altura privilegiada, sus ojos muy azules apreciaron la situación de un vistazo. Carajo, no es ella, masculló por lo bajo y dio media vuelta decidida encarando el puente hacia la avenida.
- ¡Capitán !- jadeó uno de los uniformados.
El curioso gritón lo miró sorprendido y una mirada de hielo bastó para acabar con las veleidades de flaco del sujeto.
- ¡Creímos que venía a darnos una mano!- insistió el hombre, señalando al centro del puente.
Lo miró con odio. La mano te la daría en medio de la jeta, cretino. Volteó apenas la cabeza y concluyó que el pobre sargento tenía razón. No puedo irme así como así. ¡Carajo, pendejita de mierda, qué tiene que estar haciendo ahí en medio del puto puente!
La multitud se cerró detrás de él como un mar de ropajes invernales. De los murmullos chismosos recogió las distintas versiones del hecho a un mismo tiempo. Mientras las procesaba, su propia secreta investigación le retorcía las entrañas y los testículos: hacía dos días que la buscaba por cielo y tierra. No había dejado agujero sin husmear; más de cuarenta y ocho horas en las que “dormir” era nada más que una palabra en el diccionario.
Otro curioso lo miró de arriba abajo y volvió la cabeza con un gesto de asco. Ya sé, tengo mal aspecto y debo oler a establo: lo lamento, hace dos días que no piso mi casa, mucho menos una ducha. La barba le raspó la palma de la mano cuando se frotó la cara para despejarse un poco.
Le dolía la cabeza de estrujarse las meninges pensando en dónde podría haberse metido la muy perra. Desde esa madrugada, en la que se había resignado a dar parte al escuadrón de buzos para que buscaran, también le dolía el estómago. Trató de paliar el espasmo con comida y lo único que consiguió fue acidez. El café le dio nauseas y se las aguantó nada más que porque estaba en el auto y no quería hacer un estropicio con los tapizados.
- ¡Capitán! - rogó una voz masculina - ¡No entiende razones! ¡No podemos bajarla de ahí!
Masculló un “ya voy” de mala gana. Dios santo, tengo que ir a buscar en otro puente. ¿Nena, no podías matarte tirándote a las vías del Metro?
Los chillidos de la mocosa hicieron retroceder a todo el mundo. Menos mal porque entonces la vio: media cabeza por debajo de la media, el tapado gris oscuro al viento, avanzando entre la gente con la seguridad y la tranquilidad que da el oficio.
Uno de los uniformes se acercó belicoso a la carrera y un gesto de la manita blanca lo congeló. Si él no estuviera tan acostumbrado a ese gesto también habría corrido hasta el centro del puente pero el destello de la placa en esa mano fue inconfundible.
Casi se largó a reir a carcajadas de puro alivio y hubiera besado al que le había gritado “gordo”. En voz baja dio la orden de retroceder y la hizo circular al personal del otro lado del puente. Lentamente y de mala gana por perderse el espectáculo, la marea humana reculó y los uniformes pudieron acordonar los dos accesos.
Mientras tanto, la mujer de gris avanzaba decidida hasta el centro del puente. Tal era su calma que la mocosita trepada al parapeto dejó de chillar y le prestó atención a esa desconocida.
- ¡No me voy a bajar!- gritó previsora y se acurrucó en la baranda.
La multitud histérica acompañó con los correspondientes grititos de ansiedad el gesto.
Rugió un “¡Silencio!” y sacudió los brazos como aspas. Me parece que retroceden por la falta de baño y no por mi autoridad, se descorazonó, pero se recuperó de inmediato. Tengo cosas más importantes en qué pensar.
La mujer ni se dignó siquiera a darle una ojeada a su circunstancial compañera de baranda y comenzó a desvestirse. Dejó el bolsito gastado sobre el suelo y tiró el abrigo al descuido sobre el parapeto del puente. Como si estuviera haciendo la cosa más natural del mundo, se desprendió la blusa y la pollera y las dejó caídas en el suelo, suaves pétalos de una flor oscura.
Se quedó con unas enaguas de seda que poco podían hacer por paliar el rigor del invierno; se quitó los zapatos de taco alto y con cuidado para no romper las medias, se trepó a la baranda y se acomodó, las piernas hacia el lado del río. El viento le arremolinó los cabellos oscuros alrededor de la cara y entonces sacudió la cabeza para despejar la visión.

La mocosa se la quedó mirando con la boca abierta cuando la otra le ladró:
- ¿Qué mierda estás haciendo en “mi” puente? ¡Fuera!
La cría abrió los ojos como platos.
- ¿Su puente?...
- ¡Fuera, dije! ¡Este puente es mío! ¡Nadie tiene derecho a tirarse desde acá más que yo!- y gesticuló ampulosamente con una mano.
- ¡Oiga! ¡Cómo que el puente es suyo!- retrucó la chica, a medias indignada.
- ¡Te dije que te buscaras otro puente! ¿Estás sorda o lo tuyo es cretinismo liso y llano? ¡Desde este puente me mato yo y nadie más!
Durante unos momentos interminables hubo silencio, tanto que podía oírse al río susurrar allá abajo. El viento agitó los cabellos rojos de la mocosita.
- ¿Se quiere matar?- la pregunta tímida fue casi inaudible.
- ¿Y qué te importa?- respondió la mujer, seca como un latigazo y sin mirarla.
La chica se encogió en el lugar. La otra miraba hacia adelante, a ninguna parte, respirando profundamente, saboreando el aire como si cada inspiración fuera la última. Después de una eternidad hecha de viento, la mujer se volvió hacia la chica, que no le había desprendido los ojos.
- Vengo todos los años, en esta misma fecha. Todos, ¿escuchaste?, desde hace diez años. No falté ni una vez... y no pude. Siempre fallé lastimosamente pero hoy es “el día”. Esta vez lo planeé a la perfección, nadie me va a impedir que haga lo que vengo a hacer, mucho menos una mocosa estúpida que llora por alguna pavada!
- ¡Qué sabe Ud. de lo que me pasa!- se enfurruño la chica, ahora más ocupada en discutir que en suicidarse.
- ¡Bah! ¿Qué puede pasarte ? A tu edad, yo era feliz. El mundo era mío, tenía todo para hacer y cambiar. No había nada contra lo que yo no pudiera pelear. ¡Hubiera podido hacer una revolución si hubiera querido! ¡Ja! Teníamos la vida por delante...
- Sí, pero a veces no se puede...- balbuceó la cría.
- ¿No poder ? ¿Qué es “no poder”? ¡A tu edad se puede todo! ¡Los que no pueden con nosotros son los demás, los viejos de espíritu, los que no entienden que la sangre corre más rápido por las venas, más caliente, más cargada de ideales que nunca!- la mujer se apasionó-. A tu edad lo más importante que se tiene es la vida misma y las ansias de vida que ella tiene... Mi padre me recitaba: “Tus hijos no son tus hijos/ Son los hijos de las ansias de vida/ que tiene la Vida... “ No me acuerdo del resto. Es de un poeta árabe- continuó, bajando la voz hasta perderla entre los susurros del viento.
Pasó un buen rato antes de que la pelirroja preguntara tímida:
- ¿Y entonces, por qué viene... al puente?
La mujer no la miró.
- Porque perdí todo eso de una sola vez y de un solo golpe, en este mismo puente- meneó la cabeza-. Detesto Todos Los Santos, es un día de mierda... ¡y detesto este maldito puente y el río y la plaza del otro lado y los curiosos que se juntan a ver cómo se mata la gente!- miró furibunda a los extremos del puente.
La pelirroja también miró, como si acabara de comprender que tenían público. Hubo otro silencio y la mujer que se quitó un mechón oscuro que le aleteaba alrededor de la cara.
- ¿Qué te pasa?- la voz ya no era un trallazo sino una invitación-. Alguien con ese color de pelo debería estar escapándose de los pretendientes, no subida a la baranda de un puente.
Dos lágrimas enormes rodaron por la piel de crema.
-¿Problemas en casa?- insistió la mujer.
La cabeza pelirroja asintió apenas y una mano pecosa subió a atajar los mocos. Imperceptiblemente la mujer se deslizó hacia la chica hasta quedar a menos de una extensión del brazo de distancia. Se apoyó en una mano, subió la pierna izquierda al parapeto y echó la cabeza hacia atrás. Parecía que estuviera disfrutando de una mañana de sol en el campo.
Hace un frío insoportable, pensó el capitán y se arrebujó en el impermeable maltratado por las circunstancias y la profesión. ¿Cómo aguantará estar sentada ahí? Ambas mujeres habían bajado demasiado la voz y ya no podía escucharlas, tan sólo verlas gesticular, así que reguló el amplificador.
- ¡No sé qué hacer...!- sollozó la mocosa-. ¿Qué va a pasar ahora? ¡Y él! - hipó incontenible - ¡Él...! ¿Cómo le digo a mis viejos? ¡No puedo!
La mujer meneó la cabeza y acarició las guedejas rojas mientras una sonrisa fantasmal le bailaba en los labios.
- Y el puente fue lo mejor que se te ocurrió...
La otra asintió subiéndose los mocos.
- ¿Se lo dijiste a él?
Otro asentimiento lleno de lágrimas
- Bien, él se lo pierde- apoyó una mano en el vientre de la otra-. Ya te lo dije “son las ansias de vida...”
- “... que tiene la Vida” - sonrió la mocosa por primera vez - Me gusta eso.
Con el rabillo del ojo, el capitán vio un impecable sobretodo de pelo de camello pasar a toda velocidad hacia el puente. Estiró el brazo sin mirar y manoteó el cuello del sobretodo. Cuando el sujeto se dio vuelta, le estampó la placa en medio de la cara enrojecida por el frío y el amor propio mancillado.
- ¡Por favor, oficial! ¡Es nuestra hija! - clamócon voz virtuosa la mujer que venía detrás del elegante, su cuidadoso peinado arruinándose al viento. Casi se alegró de que la tipa se despeinara, tan elegante, tan perfumadita.
- Esperen. Está con una oficial.
- ¿Una oficial esa...?- la mujer apenas pudo contener su lapidaria opinión acerca de los representantes del orden.
- Tiene una gran experiencia en casos de suicidio, créanme- le aseguró a los padres ostentosamente preocupados que miraban a la loca en ropa interior que abrazaba a su princesita.
Una cabeza rubia sobresalió por encima de las demás, gritando el nombre de la pelirroja. La chica abrió los ojos enormes y verdes y miró primero a la mujer a su lado y luego al rubiecito imberbe; saltó del parapeto a la calle y corrió a abrazarse con el estúpido mientras los padres corrían y gritaban tan estúpidamente como el otro. Una reunión estúpida de estúpidos, pensó aliviado.
El público aplaudió obediente ante la culminación de la representación. Váyanse todos a la mierda, pensó mientras caminaba por el puente, después de haber ladrado la orden de despejar la avenida y la plaza. Después de unos pasos se sintió estúpidamente feliz él también.
La mujer continuaba sentada, las piernas para el lado del río.
- ¿Cómo se enteró? Tenía el radio y el celular apagados y...
- Existe una cosa que se llama televisión- lo interrumpió de mal modo.
Pero no se alejó y eso era una buena señal.
- ¿Por dónde anduvo, jefe ?- preguntó intentando hacer las paces mientras se acodaba a su lado-.La busqué por todos lados... - la recriminó.
- No esperará que lo recomiende para un ascenso por eso.
Hubo un silencio mortuorio durante el que pensó seriamente en empujarla del parapeto y terminar con la tortura de una puta vez por todas. Entonces, se asomaría a ver cómo caía al río, bello fantasma de una flor deshecha y arrastrada por la corriente oscura. Y él lloraría y sus lágrimas amargas se mezclarían con el agua negra en una oda funeraria líquida. Luego vendrían los otros de azul y sin entender nada, lo arrestarían y un juez despiadado lo condenaría a toda una eternidad de recordar su crimen...
- Estuve todo el tiempo en casa- dijo ella después de un rato, interrumpiéndole el placer necrofílico de imaginársela muerta.
- ¡Pero fui a su casa anoche...!
- Desconecté el timbre y el teléfono- el tonito irónico comenzó a causarle molestias sexuales. Me estás llenando la paciencia, jefe.
- Si hubiera sabido que estuvo todo este tiempo en su casa...- masculló con rabia.
- Podría haberme tirado por el balcón, si es eso lo que lo preocupaba- restalló ella, cortándole la frase.
Casi dio un salto en el lugar y se atragantó con su propia saliva.
- ¿Qué, no se le ocurrió? La gente no salta nada más que desde los puentes- ella lo fustigó de mala manera.
Inspiró para bajar el nudo de la garganta. Te mataría por hacerme esto pero te daría demasiado gusto. Decidió usar la carta de triunfo que tenía guardada en la manga. Conste que no quería hacerlo, jefe: me obligaste.
- Hoy no es Todos Los Santos- le informó didáctico-. Es Todos Los Muertos. Los Fieles Difuntos.
Ella le clavó la mirada oscura y furiosa y él desvió la suya ociosamente.
- ¿Los Fieles Difuntos?
- Ajá- respondió saboreando la victoria.
Es peligroso mirarla cuando está de tan mal humor: indefectiblemente me dan ganas de darle una buena azotaina en el culo por caprichosa y después... Se reservó los pensamientos del “después”. Es un superior. No hay “después” con un superior.
- Mierda- susurró ella-.¿Estuve borracha dos dias?
Por si acaso y nada más que por eso, pasó el brazo por la cintura frágil y la bajó del parapeto como si bajara a una criatura. Ella lo dejó hacer sin protestar. De pronto el día estaba mejorando. Hasta podría irme a casa a bañarme y a dormir.
- ¿Por qué habla en pasado? Todavía huele a alcohol.
- Sáqueme las patas de encima. Está suspendido- ella se sulfuró.
- Voy a llevarla a su casa- le informó mientras le ponía el tapado sobre los hombros.
- Puedo areglármelas sola. Estoy bien- respondió seca, pero se apartó para recoger la ropa y trastabilló medio milímetro antes de que él la sostuviera y la enderezara.
- Bien borracha. No pienso correr riesgos hasta que esté sobria.
- ¡Está suspendido!
- Mejor, así puedo quedarme con usted. Hago buena cocina casera kasher y soy abstemio.
- ¡Es un imbécil y mañana vuelve a patrullar, de uniforme!
- No me joda, jefe- masculló, irritado otra vez y le puso el abrigo de mala manera.
Los uniformados estaban alejando a los últimos curiosos. Un suboficial se acercó aunque manteniendo prudente distancia. Me conocen demasiado bien y a ella también.
- Capitán, quiere un patrullero para llevarla?
- Tengo mi auto, gracias. Sargento, hágame un favor, avise a la Brigada que encontramos a la comisario. Que los buzos que no busquen más- lanzó una ojeada reprobadora a la mujer que temblaba de frío y desviaba la mirada culpable-. Está bien. Un poco borracha y a punto de pescarse una pulmonía, pero bien.

domingo 18 de octubre de 2009

LOS DE LA VEREDA DE ENFRENTE


Marc Chagall: Caín y Abel

Me lo contaron cuando yo era chico y al principio no les creí. ¿Qué se piensan, que soy gil? De veras, repitió el Cholo, tan serio que al final murmuré un “msee” , como para terminar con el asunto. Y resultó que era cierto. Quién lo hubiera dicho. Tantos años viviendo en el barrio y nunca me había dado cuenta.
Me acuerdo de la madre: ¡era tan linda! Qué linda mina, no parecía del barrio, para nada. Fina, flaca, muy pálida y de manos largas. Lo que más me llamaba la atención eran los ojos: la mirada siempre como perdida. A veces, mientras jugábamos en la vereda de enfrente y la veíamos barrer la tierrita eterna de la vereda, las hojitas amarillas y los revientacaballos, nos parecía que se había vuelto vieja de repente: la piel transparente y estirada sobre los huesos, los ojos hundidos y sombríos, las manos como garras en el palo de la escoba, el cogote tan flaco que pareciera que tenía cordones que se lo ataban a los huesos del escote. Se paraba en medio de la calle adoquinada y miraba, nunca supimos adónde o a quién. Más miraba, más huesudas se le volvían las manos blancas y largas y era como si los ojos se le aguaran y algo le agujereara el pecho, como cuando te duele algo que nunca va a dejar de doler.
Y después daba media vuelta, volvía hasta el umbral gastado de la casa y era joven otra vez, linda, tan linda, el pelo tan largo, los ojos tan grandes. Nosotros dejábamos de jugar y de gritar y correr como desaforados atrás de la pelota para mirarla y en ese momento, todos queríamos que fuera nuestra madre, aunque nos llamara a los gritos tal como llamaba a sus pibes. Total, si todas las viejas te llaman a los gritos: vení a ponerte algo que refrescó, vení a tomar la leche, vení comer, vení que llegó tu padre, y si no ibas, te tocaba el ya vas a ver cuando aparezcas, desgraciado.
Ella, al que más le gritaba era al mayor. Y casi siempre por el menor. No sé, parece que el más chico era una sabandija, porque el mayor venía arrastrando los pies, mirando el suelo, la cabeza medio hundida entre los hombros para aguantar el coscorrón. ¿Adónde está tu hermano?, gritaba ella, la escoba en una mano y con la otra acomodándose los mechones largos que se le escapaban con el vientito de la tarde. El mayor la miraba de reojo, se encogía de hombros y meneaba la cabeza y la madre también meneaba la cabeza con desesperación, resignación o quién sabe qué, daba media vuelta y entraba arrastrando la escoba. El mayor se la quedaba mirando desolado, igualito que nosotros cuando la veíamos barrer, tan linda a la luz del sol que se ponía en el horizonte polvoriento de la calle. Después daba media vuelta y se iba de nuevo.
Al rato aparecía con el menor. Era lindo el menor, a mí me parece que demasiado, no sé, tan lindo para ser varón que todos decíamos que era marica, pero ahora me parece que de pura envidia no más.
Apenas lo veía, la madre corría y gritaba dónde estuviste, porqué no te quedaste con tu hermano, me van a volver loca y se retorcía las manos en el delantal. Pero ni bien él sonreía, ella lo abrazaba y le besaba los rulos y entraban juntos a la casa. Y nosotros nos moríamos de celos porque nuestras viejas nos besaran igual la cabeza, porque a nosotros nos parecía que los besos de ella eran distintos, como si nadie te hubiese abrazado nunca si ella no lo había hecho primero.
La verdad es que nuestras viejas nos besaban y nos abrazaban pero no muy seguido porque siempre andábamos haciendo alguna perrería: peléandonos a piedrazos con la barra de la esquina de Bruix, trenzados en alguna de cowboys con los mellizos de Lacarra o desapareciendo en alguna escondida eterna y descomunal que llegaba hasta el parque Avellaneda.
Todavía me acuerdo cómo me dio mi vieja una vez. Volví de noche a casa y libré a todos mis compañeros. Fui el héroe de la jornada hasta que la vieja, los ojos hinchados de tanto llorar, corriendo delante de Saverio el vigilante y sin preguntar qué había pasado porque seguramente ya sabría, me llevó para casa a cachetazo limpio. Fue la única vez que me fajó mi viejo. Con los años entendí que me fajaban porque se habían jaboneado. Mamá lloraba y me daba coscorrones. ¡Mirá si te pasaba lo del chico de enfrente!, y los sollozos le sacudían el batón de entrecasa.
Y claro, con lo que le pasó al más chico de los de enfrente, el barrio quedó marcado. Ya les dije que la madre siempre se peleaba con el mayor por eso de cuidar al hermano. Pobre pibe, a veces venía a jugar a la pelota con nosotros y cuando te querías acordar, ¡paf!, el chiquilín había rajado y el mayor salía como un loco, llamándolo con una voz desesperada y terrible. La voz del mayor nos daba impresión cuando lo llamaba así. Y parecía que la madre presentía lo que había pasado (las madres siempre sabemos, decía mi vieja con esa sabiduría fatal y un poco mentirosa con la que las viejas te ataban a la pollera para que no te escaparas de noche al parque Avellaneda). Entonces ella salía y se quedaba mirando hasta que volvían. El padre estaba poco en casa, laburaba todo el día. Un tipo callado, iba y venía casi sin que nadie lo notara en el barrio. Un tipo pintón, ¿eh? pero silencioso, saludaba si lo saludaban y te devolvía el "buenas" con voz baja y grave y una sonrisa deshilachada y si no pasaba de largo como si no quisiera molestar. Trabajaba en una panadería.
A veces, cuando ella salía a esperar a los chicos, él salía detrás y la abrazaba y ella lo miraba, cerraba los ojos y movía la cabeza; él le besaba la frente y esperaban juntos. Cuando los pibes llegaban, entraban todos a la casa en silencio y nosotros dejábamos de gritar y de patear pelotazos como chivos para no interrumpir ese momento extraño, en el que nos parecía que ellos no eran del barrio.
Un día de verano, de esos en que se calientan hasta los adoquines y el aire parece hecho de alquitrán, un verano de moscas gordas y zumbonas, lentas pero inalcanzables, de esos en que las viejas nos dejaban andar descalzos y jugar al carnaval en diciembre de puro calor insoportable y nos hacían refrescar la cabeza y dormir la siesta a la fuerza, pasó.
Habíamos estado jugando desde las cinco de la tarde a la guerra de baldazos de vereda a vereda. El mayor vino a jugar en nuestro bando, contra los de la barra de Bruix. El agua caía sobre los adoquines y se secaba casi al instante y en las veredas de baldosas desparejas los charcos duraban menos que el tiempo de volver a tirar un baldazo. Adentro en las casas, las madres y las abuelas se abanicaban bajo las parras o los toldos de lona, las persianas bien cerradas para no dejar entrar a las moscas ni al calor.
Jugamos hasta que se hizo de noche, cuando los viejos ya habían vuelto de los laburos y habían sacado las sillas a la vereda antes de comer, para que las mujeres abrieran las ventanas y las puertas y el calor se mudara a otra parte de la casa.
No sé por qué, pero hicimos silencio. El calor, digo yo. El cielo estaba muy azul y las estrellas se trepaban por encima de los techos. Al final de la calle, el parque Avellaneda se envolvía en una bruma tibia con olor a pasto y las nubes resplandecían rojas. Mañana va a ser peor. Dios Santo, cuándo lloverá de una buena vez. ¿No escuchó las chicharras? Tenemos calor para rato. Así no se aguanta y nadie dijo más nada. Ahí nos dimos cuenta de que el mayor no estaba. Habrá ido a buscar al hermano, comentó alguien. ¿Se rajó otra vez? preguntó uno sentado en el cordón de la vereda, mientras se ataba las zapatillas. Siempre se las toma el pibito, los vuelve locos a todos, comentó un viejo en camiseta y pantalón del pijama sentado en la silla de mimbre, las patas delanteras de la silla y las de él en el aire.
Entonces salió ella, más linda que nunca, los ojos brillantes, el pelo suelto larguísimo. Y gritó, gritó, gritó y cada grito era una súplica que te acuchillaba las tripas y te apretaba de miedo el corazón. En el silencio pesado de la noche húmeda y sin viento, los gritos de ella se escucharían hasta del otro lado del parque. El mayor llegó corriendo. Estaba oscuro, así que no pudimos ver bien pero nos pareció que traía la ropa toda manchada. Cuando quiso hablarle a la madre, ella repitió ¿adónde está tu hermano? y él se volvió loco.
¿Qué soy yo, el vigilante, el guardián de mi hermano?, gritaba y lloraba y quería agarrarle las manos y el vestido, como si quisiera explicarle algo. Se miraron a los ojos un rato muy largo. ¿Qué pasó? ¿Qué hiciste?, preguntó ella en un susurro y el mayor se levantó, dejó caer los brazos, dio media vuelta y se fue corriendo. Ella quedó clavada en medio de la calle, sin mirar hacia dónde corría su hijo mayor. Nosotros sí miramos y él corría y corría y cruzó la avenida Directorio y siguió corriendo y después no lo vimos más. Nunca más.
Por el lado del parque venía el padre, caminando despacio. Traía al menor en brazos. Sin esfuerzo, como si el mocoso flotara en el aire. Él también parecía flotar. Cuando pasaron debajo del farol de mitad de cuadra, vimos que el chiquito tenía manchas oscuras en la ropa, en la cara y el cuello. Las lágrimas del padre caían por la carita del pibe y un brazo demasiado blanco colgaba y se zarandeaba mientras el padre lo traía. Entonces ella gritó y fue un alarido que le nacía en las entrañas, que le desgarraba la carne desde el sitio mismo en donde lo había gestado, un alarido de parto y de muerte que hizo que los paraísos de las dos veredas se estremecieran y nosotros con ellos.
Tiempo después del velorio, ella quedó embarazada otra vez. Tuvieron un pibito pero nosotros ya éramos grandes así que jugaba con los más chicos de la vecina de al lado, que tendrían más o menos la misma edad. Los padres se sentaban a la noche en la vereda: ahora sí salían, y se agarraban de la mano y no hablaban con nadie pero saludaban y miraban jugar al nene. Nosotros nos juntábamos en la esquina del almacén del gallego a fumar medio a escondidas y los espiábamos.
Nunca volvimos a hablar del mayor ni de cómo había muerto el más chico. Nunca supimos quién lo mató pero las vecinas viejas decían que había sido el hermano, loco por los gritos de la madre. Si hubiera sido él, la policía ya lo habría agarrado, aseguró mi viejo, ¿no se acuerdan cómo vino todo manchado de sangre? No, al pibe lo mató algún degenerado en el parque y el hermano se escapó por el remordimiento de haberlo dejado solo. Después de un tiempo los comentarios se apaciguaron y la muerte del pibe y la fuga del hermano mayor pasaron a ser una anécdota más del barrio.
Y un día, mientras mi señora bajaba del auto y tocaba el timbre en casa de mi vieja, los vi sentados en la vereda, de la mano. Había unos mocositos jugando, se ve que eran los nietos. Ella me miró y yo no lo podía creer: tan linda, los ojos tan brillantes, las manos largas. Como si nunca hubiera pasado el tiempo. Cierto que era nochecita y estaba medio oscuro. Él se levantó para alzar a uno de los chicos y se le subió la camiseta. ¿Y saben una cosa? El tipo no tenía ombligo.

jueves 1 de octubre de 2009

EL LOCO DEL BAROLO


Palacio Barolo
— Este diseño representa los nueve círculos del Infierno — el guía señaló el dibujo intrincado del pavimento—. Observen las gárgolas y los dragones que adornan las columnas de la planta baja,...
MIentras los turistas caminaban, algunos cabizbajos examinando atentos el suelo, y otros señalando las monumentales lámparas de bronce, el ojo habituado del guía distinguió entre la gente, el andar desigual del hombre.
Será posible que no pueda sacármelo de encima pensó con disgusto y cuando se volvió hacia el público, tuvo que esforzarse por quitarse la mueca de la cara. Algunos repararon en el gesto y se alejaron, metiéndose entre otros que pugnaban por conseguir la primera fila.
— El edificio tiene cien metros de altura, para lo cual los constructores tuvieron que solicitar un permiso especial al municipio. Al momento de la inauguración, fue la construcción más alta de la ciudad. La cantidad de metros se corresponde exactamente con la cantidad de Cantos...
Cuando le habían ofrecido el puesto, pensó que tocaba el cielo con las manos. ¡El Barolo! Una joya arquitectónica de la ciudad, un Danteum hasta el más mínimo de los detalles. Había corrido a la biblioteca de la facultad a buscar información; se había metido de cabeza en la obra literaria y sus posibles significados esotéricos, y a investigar sobre los conocimientos alquímicos del autor y de los creadores del edificio. Noches enteras sin dormir, escudriñando verso tras verso, canto por canto, para localizar su ubicación en la estructura.
Sin embargo, eran los versos mismos los que habia llegado a amar; los había hecho suyos a fuerza de recitarlos. Cantos enteros con el ritmo y la pronunciación adecuados, que sonaban en sus oídos como música divina. ¡Cuántas veces había caído en ensueños mientras los leía en voz alta, paseando por los corredores interminables!
El soliloquio del rengo le interrumpió el hilo de los pensamientos.
— Yo no quería matarla...A ella, no... — el hombre avanzaba entre la gente sin mirar—.Pero cuando los encontré juntos... me cegaron los celos...
— Está loco de remate... — el guía no pudo evitar el comentario. Cuando se dio cuenta de que hablaba en voz alta, forzó una sonrisa de los dientes para afuera y concentró su atención en las preguntas de los visitantes, algo desconcertados por la situación. Un turista preguntó por los masones y se agarró a la pregunta como a una tabla de salvación.
— Así es, señor, los constructores también pertenecían a la logia "Fede Santa", pero, bueno, a principios del siglo XX, las logias masónicas estaban muy de moda todavía...
Sonrisas y murmullos de complicidad entre los concurrentes.
— Los círculos del Paraíso se identifican con los ocho planetas conocidos en la Edad Media...
Una dama entrada en carnes se agarraba de a un dedo por planeta y decía que faltaba uno. Educadamente el guía le aclaró que se trataba de la Luna.
— ¡Qué ignorantes! — sentenció la señora y miró a su alrededor buscando aprobación.
— Es que todavía se creía que la Luna era un planeta — acotó un estudioso, que aprovechó para meter baza con la teoría geocéntrica del universo, lo cual le dio tiempo al guía de verificar que el rengo no anduviese molestando a los turistas.
Nunca lo había visto pedir limosna, pero con esa clase de gente, nunca se sabía. De hecho, al único al que seguía con persistencia de perro abandonado era a él.
¿Cuándo lo había visto por primera vez? No podía recordarlo con precisión. Quizás durante alguna de sus primeros recorridos solo, para familiarizarse con el edificio, con el libro bajo el brazo y repitiendo las estrofas. Un recuerdo borroso le susurró algo al oído, pero cuando intentó atraparlo, alguien repitió una pregunta y se apresuró a responder, no fuera cosa que se dieran cuenta de que estaba distraído.
— No, no, las siete terrazas del Purgatorio están representadas por los pisos 1° al 14°,... Claro que divididos por dos — risas por la obviedad.
Algunos propusieron salir a la calle y contar los balcones. La idea le pareció buena, sobre todo porque el hombre recorría con desesperación los círculos dibujados en el suelo, arriesgandose a que un turista tropezara con su pierna inútil.
— Mi propio infierno— farfullaba y esquivaba a la gente—...Francesca, Francesca mía...Condenado para toda la eternidad...
Y yo estoy condenado a que este tipo me rompa las...
— ¡ Hay once balcones! — chilló la señora de los planetas, emocionada por su descubrimiento.
La interrupción lo apartó de los negros pensamientos relativos a esa parte tan importante de su anatomía. Le sonrió y la felicitó. Los demás se arremolinaban en la vereda, deseosos de comprobar por sí mismos la cantidad cabalística.
— Si me acompañan, apreciaremos las nueve bóvedas que componen la entrada.
El rengo se había puesto de pie y avanzaba hacia ellos, retomando el soliloquio monótono. El guía tragó saliva. Miró por encima del hombro: los turistas estaban volviendo. Tuvo una idea salvadora.
— Pero antes, vamos a los ascensores, a visitar el faro.
Algunos lo miraron con sorpresa y uno levantó un folleto intentando protestar, pero él le sonrió sin hacerle caso. Ya había comprobado que el truquito resultaba, porque jamás se había cruzado al rengo en los pisos superiores. Se ve que le tiene miedo a los ascensores.
Mientras los visitantes esperaban con paciencia su turno para subir y ver de cerca el faro que había anunciado la derrota de Firpo a manos de Dempsey, el guía miró de reojo. Ahí estaba, acurrucado al pie de la escalera. Dios santo, ¿por qué nadie lo echa a patadas a la calle?
Los ojos llorosos del hombre se cruzaron con los suyos.
— Yo no quería matarla... Ella se interpuso entre los dos y yo... yo... No quería, no quería... Ahora está muerta, ¿quién podrá perdonarme?
Si de verdad fuera un asesino, no andaría suelto por ahí, razonó. Y de inmediato: ¿Y si cumplió la condena y lo largaron? La posibilidad nunca se le había ocurrido hasta ese momento. Sin dejar de vigilarlo, se metió al ascensor con la última tanda de visitantes.
Ni siquiera recordaba lo que le dijo al grupo apretujado en la cúpula. Tendría que hablar con el administrador del edificio. ¿Si el tipo volvía a las andadas? ¿Si confundía a alguna turista con esa Francesca que nombraba a cada rato? No quería pensar en la posibilidad. Ese mismo día iría a ver al administrador. La presencia del hombre era inadmisible. Una cosa es tener compasión de un pobre vago que no tiene en dónde dormir, y otra, albergar a un posible homicida. Y para colmo, con un par de tuercas de menos.
De nuevo en la planta baja, se dirigió al grupo señalando al techo para apartar su atención del tipo, que andaba en círculos con su deambular sincopado. No pudo evitar seguirlo con la mirada mientras repetía para la audiencia vaya uno a saber qué estupidez respecto de la cantidad de bóvedas y del número nueve.
El loco recitaba unos versos con cadencia inigualable e inconfundible. ¡Sus versos! ¿Qué derecho tenía el tipo...? El Canto V. El quinto círculo del Infierno. Se quedó rígido, atornillado al piso, al borde del dibujo monumental del pavimento mientras el loco arrastraba su pena, su pierna y su locura por el quinto círculo del suelo, alrededor de los turistas ocupados en contar las bóvedas. De milagro no tropezaba con ninguno.
— Ni en la muerte puedo alcanzarte...
Cuando pasó frente a él, lo miró directo a los ojos
— Caín me espera — le dijo—, pero ella no.
— ¡Basta! — el guía susurró furioso y trató de empujarlo, pero no lo alcanzó. El grupo se alejó un poco de él, en dirección a la entrada principal. Algunos lo miraron con algo que, de haber estado más tranquilo, hubiera definido como desconfianza. En ese momento, nada más le pareció que la gente estaba cansada del paseo y de sus desencuentros con el loco. Tenía que distraerlos con algo, pero no se le ocurría con qué.
Frente a la placa con los nombres de los constructores del edificio, un visitante señaló un par de apellidos ennegrecidos. Le respondió casi sin darle tiempo a terminar la pregunta.
— Malatesta, Giovanni y Paolo.
— ¿Eran parientes? — preguntó el curioso.
— Hermanos.
Hizo el siguiente comentario desesperado por desviar la atención del público de su conducta un poco errática.
— Giovanni se suicidó poco después de inaugurado el edificio. El hermano menor, Paolo, había muerto un tiempo antes, para la época en que falleció la esposa de Giovanni. No quedó nadie de esa familia.
— Qué barbaridad— se condolían algunas señoras.
— ... encerrado eternamente en el infierno que yo mismo construí...— la voz del hombre le llegaba con inusual claridad, por encima del murmullo generalizado del público.
Le lanzó una ojeada furiosa, pero el tipo no acusaba recibo de sus indirectas.
— ¿Por qué no se va al sótano, a dormir la mona un ratito? — le dijo de mala manera, y luego se dirigió al grupo, que se había quedado en silencio—. Está chiflado. Se cree un fantasma— aclaró y mostró los dientes en una sonrisa de circunstancias.
¿Por qué habré dicho semejante gansada? Antes de que pudiera reaccionar, los visitantes lo miraron sin expresión y siguieron hasta la salida. Dos o tres amagaron a saludarlo, pero los que los acompañaban les tironearon de las mangas y se los llevaron.
Me tiene harto. Ya mismo voy a ver al administrador. Esto es insoportable, así no se puede trabajar. Con decisión granítica, pulsó el botón del ascensor.
Detrás de él, sentado al pie de la escalera que se enroscaba hacia el primer piso como una serpiente eternizada en mármol de Carrara, estaba el loco recitando en su desvarío.
— Te van a echar a la mierda. Ya vas a ver— lo amenazó, pero el otro sollozaba.
Amor condusse noi ad una morte:Caina attende chi a vita ci spense (1)— recitaba con voz temblorosa.
¿Cómo se atreve?¡Mis versos! ¿Quién se cree que es? . El ascensor llegó, trayendo al administrador consigo.
— ¡Cómo está! — lo saludó con efusividad que el administrador retribuyó más medidamente—. Tengo un problemita del que quisiera charlar.
— ¿No podría ser mañana por la mañana? Tengo una reunión con el contador y...
— Es un minuto nada más. Usted entiende, no podemos seguir recibiendo turistas con ... esto... — y señaló al loco con un ademán— en estas condiciones.
El administrador miró en la dirección en la que él señalaba y meneó la cabeza.
— Tiene razón. Esas escaleras tienen que limpiarse con más frecuencia. Y los ascensores, también. El Barolo tiene que estar reluciente. Mañana mismo hablo con los encargados para que se ocupen. ¿Algún otro problema?
Se quedó mirándolo, mudo de sorpresa, y negó con la cabeza. El hombre se despidió con una sonrisa y salió apurado, a buscar un taxi, y el guía se quedó frente al loco, con la horrible convicción de ser el único en verlo y oir constantemente los versos que repetía. ...quel giorno più non vi leggemmo avante (2)


Ilustración: La Divina Commedia, Dante Alighieri

(1)El amor nos condujo a una sola muerte; Caín espera a quien nos apagó la vida- La Divina Comedia, Canto V, Paolo Malatesta y Francesca da Rimini

(2) ... y ya no leímos más aquel día - La Divina Comedia, Canto V, Paolo Malatesta y Francesca da Rimini