
Marc Chagall: Caín y Abel
Me lo contaron cuando yo era chico y al principio no les creí. ¿Qué se piensan, que soy gil? De veras, repitió el Cholo, tan serio que al final murmuré un “msee” , como para terminar con el asunto. Y resultó que era cierto. Quién lo hubiera dicho. Tantos años viviendo en el barrio y nunca me había dado cuenta.
Me acuerdo de la madre: ¡era tan linda! Qué linda mina, no parecía del barrio, para nada. Fina, flaca, muy pálida y de manos largas. Lo que más me llamaba la atención eran los ojos: la mirada siempre como perdida. A veces, mientras jugábamos en la vereda de enfrente y la veíamos barrer la tierrita eterna de la vereda, las hojitas amarillas y los revientacaballos, nos parecía que se había vuelto vieja de repente: la piel transparente y estirada sobre los huesos, los ojos hundidos y sombríos, las manos como garras en el palo de la escoba, el cogote tan flaco que pareciera que tenía cordones que se lo ataban a los huesos del escote. Se paraba en medio de la calle adoquinada y miraba, nunca supimos adónde o a quién. Más miraba, más huesudas se le volvían las manos blancas y largas y era como si los ojos se le aguaran y algo le agujereara el pecho, como cuando te duele algo que nunca va a dejar de doler.
Y después daba media vuelta, volvía hasta el umbral gastado de la casa y era joven otra vez, linda, tan linda, el pelo tan largo, los ojos tan grandes. Nosotros dejábamos de jugar y de gritar y correr como desaforados atrás de la pelota para mirarla y en ese momento, todos queríamos que fuera nuestra madre, aunque nos llamara a los gritos tal como llamaba a sus pibes. Total, si todas las viejas te llaman a los gritos: vení a ponerte algo que refrescó, vení a tomar la leche, vení comer, vení que llegó tu padre, y si no ibas, te tocaba el ya vas a ver cuando aparezcas, desgraciado.
Ella, al que más le gritaba era al mayor. Y casi siempre por el menor. No sé, parece que el más chico era una sabandija, porque el mayor venía arrastrando los pies, mirando el suelo, la cabeza medio hundida entre los hombros para aguantar el coscorrón. ¿Adónde está tu hermano?, gritaba ella, la escoba en una mano y con la otra acomodándose los mechones largos que se le escapaban con el vientito de la tarde. El mayor la miraba de reojo, se encogía de hombros y meneaba la cabeza y la madre también meneaba la cabeza con desesperación, resignación o quién sabe qué, daba media vuelta y entraba arrastrando la escoba. El mayor se la quedaba mirando desolado, igualito que nosotros cuando la veíamos barrer, tan linda a la luz del sol que se ponía en el horizonte polvoriento de la calle. Después daba media vuelta y se iba de nuevo.
Al rato aparecía con el menor. Era lindo el menor, a mí me parece que demasiado, no sé, tan lindo para ser varón que todos decíamos que era marica, pero ahora me parece que de pura envidia no más.
Apenas lo veía, la madre corría y gritaba dónde estuviste, porqué no te quedaste con tu hermano, me van a volver loca y se retorcía las manos en el delantal. Pero ni bien él sonreía, ella lo abrazaba y le besaba los rulos y entraban juntos a la casa. Y nosotros nos moríamos de celos porque nuestras viejas nos besaran igual la cabeza, porque a nosotros nos parecía que los besos de ella eran distintos, como si nadie te hubiese abrazado nunca si ella no lo había hecho primero.
La verdad es que nuestras viejas nos besaban y nos abrazaban pero no muy seguido porque siempre andábamos haciendo alguna perrería: peléandonos a piedrazos con la barra de la esquina de Bruix, trenzados en alguna de cowboys con los mellizos de Lacarra o desapareciendo en alguna escondida eterna y descomunal que llegaba hasta el parque Avellaneda.
Todavía me acuerdo cómo me dio mi vieja una vez. Volví de noche a casa y libré a todos mis compañeros. Fui el héroe de la jornada hasta que la vieja, los ojos hinchados de tanto llorar, corriendo delante de Saverio el vigilante y sin preguntar qué había pasado porque seguramente ya sabría, me llevó para casa a cachetazo limpio. Fue la única vez que me fajó mi viejo. Con los años entendí que me fajaban porque se habían jaboneado. Mamá lloraba y me daba coscorrones. ¡Mirá si te pasaba lo del chico de enfrente!, y los sollozos le sacudían el batón de entrecasa.
Y claro, con lo que le pasó al más chico de los de enfrente, el barrio quedó marcado. Ya les dije que la madre siempre se peleaba con el mayor por eso de cuidar al hermano. Pobre pibe, a veces venía a jugar a la pelota con nosotros y cuando te querías acordar, ¡paf!, el chiquilín había rajado y el mayor salía como un loco, llamándolo con una voz desesperada y terrible. La voz del mayor nos daba impresión cuando lo llamaba así. Y parecía que la madre presentía lo que había pasado (las madres siempre sabemos, decía mi vieja con esa sabiduría fatal y un poco mentirosa con la que las viejas te ataban a la pollera para que no te escaparas de noche al parque Avellaneda). Entonces ella salía y se quedaba mirando hasta que volvían. El padre estaba poco en casa, laburaba todo el día. Un tipo callado, iba y venía casi sin que nadie lo notara en el barrio. Un tipo pintón, ¿eh? pero silencioso, saludaba si lo saludaban y te devolvía el "buenas" con voz baja y grave y una sonrisa deshilachada y si no pasaba de largo como si no quisiera molestar. Trabajaba en una panadería.
A veces, cuando ella salía a esperar a los chicos, él salía detrás y la abrazaba y ella lo miraba, cerraba los ojos y movía la cabeza; él le besaba la frente y esperaban juntos. Cuando los pibes llegaban, entraban todos a la casa en silencio y nosotros dejábamos de gritar y de patear pelotazos como chivos para no interrumpir ese momento extraño, en el que nos parecía que ellos no eran del barrio.
Un día de verano, de esos en que se calientan hasta los adoquines y el aire parece hecho de alquitrán, un verano de moscas gordas y zumbonas, lentas pero inalcanzables, de esos en que las viejas nos dejaban andar descalzos y jugar al carnaval en diciembre de puro calor insoportable y nos hacían refrescar la cabeza y dormir la siesta a la fuerza, pasó.
Habíamos estado jugando desde las cinco de la tarde a la guerra de baldazos de vereda a vereda. El mayor vino a jugar en nuestro bando, contra los de la barra de Bruix. El agua caía sobre los adoquines y se secaba casi al instante y en las veredas de baldosas desparejas los charcos duraban menos que el tiempo de volver a tirar un baldazo. Adentro en las casas, las madres y las abuelas se abanicaban bajo las parras o los toldos de lona, las persianas bien cerradas para no dejar entrar a las moscas ni al calor.
Jugamos hasta que se hizo de noche, cuando los viejos ya habían vuelto de los laburos y habían sacado las sillas a la vereda antes de comer, para que las mujeres abrieran las ventanas y las puertas y el calor se mudara a otra parte de la casa.
No sé por qué, pero hicimos silencio. El calor, digo yo. El cielo estaba muy azul y las estrellas se trepaban por encima de los techos. Al final de la calle, el parque Avellaneda se envolvía en una bruma tibia con olor a pasto y las nubes resplandecían rojas. Mañana va a ser peor. Dios Santo, cuándo lloverá de una buena vez. ¿No escuchó las chicharras? Tenemos calor para rato. Así no se aguanta y nadie dijo más nada. Ahí nos dimos cuenta de que el mayor no estaba. Habrá ido a buscar al hermano, comentó alguien. ¿Se rajó otra vez? preguntó uno sentado en el cordón de la vereda, mientras se ataba las zapatillas. Siempre se las toma el pibito, los vuelve locos a todos, comentó un viejo en camiseta y pantalón del pijama sentado en la silla de mimbre, las patas delanteras de la silla y las de él en el aire.
Entonces salió ella, más linda que nunca, los ojos brillantes, el pelo suelto larguísimo. Y gritó, gritó, gritó y cada grito era una súplica que te acuchillaba las tripas y te apretaba de miedo el corazón. En el silencio pesado de la noche húmeda y sin viento, los gritos de ella se escucharían hasta del otro lado del parque. El mayor llegó corriendo. Estaba oscuro, así que no pudimos ver bien pero nos pareció que traía la ropa toda manchada. Cuando quiso hablarle a la madre, ella repitió ¿adónde está tu hermano? y él se volvió loco.
¿Qué soy yo, el vigilante, el guardián de mi hermano?, gritaba y lloraba y quería agarrarle las manos y el vestido, como si quisiera explicarle algo. Se miraron a los ojos un rato muy largo. ¿Qué pasó? ¿Qué hiciste?, preguntó ella en un susurro y el mayor se levantó, dejó caer los brazos, dio media vuelta y se fue corriendo. Ella quedó clavada en medio de la calle, sin mirar hacia dónde corría su hijo mayor. Nosotros sí miramos y él corría y corría y cruzó la avenida Directorio y siguió corriendo y después no lo vimos más. Nunca más.
Por el lado del parque venía el padre, caminando despacio. Traía al menor en brazos. Sin esfuerzo, como si el mocoso flotara en el aire. Él también parecía flotar. Cuando pasaron debajo del farol de mitad de cuadra, vimos que el chiquito tenía manchas oscuras en la ropa, en la cara y el cuello. Las lágrimas del padre caían por la carita del pibe y un brazo demasiado blanco colgaba y se zarandeaba mientras el padre lo traía. Entonces ella gritó y fue un alarido que le nacía en las entrañas, que le desgarraba la carne desde el sitio mismo en donde lo había gestado, un alarido de parto y de muerte que hizo que los paraísos de las dos veredas se estremecieran y nosotros con ellos.
Tiempo después del velorio, ella quedó embarazada otra vez. Tuvieron un pibito pero nosotros ya éramos grandes así que jugaba con los más chicos de la vecina de al lado, que tendrían más o menos la misma edad. Los padres se sentaban a la noche en la vereda: ahora sí salían, y se agarraban de la mano y no hablaban con nadie pero saludaban y miraban jugar al nene. Nosotros nos juntábamos en la esquina del almacén del gallego a fumar medio a escondidas y los espiábamos.
Nunca volvimos a hablar del mayor ni de cómo había muerto el más chico. Nunca supimos quién lo mató pero las vecinas viejas decían que había sido el hermano, loco por los gritos de la madre. Si hubiera sido él, la policía ya lo habría agarrado, aseguró mi viejo, ¿no se acuerdan cómo vino todo manchado de sangre? No, al pibe lo mató algún degenerado en el parque y el hermano se escapó por el remordimiento de haberlo dejado solo. Después de un tiempo los comentarios se apaciguaron y la muerte del pibe y la fuga del hermano mayor pasaron a ser una anécdota más del barrio.
Y un día, mientras mi señora bajaba del auto y tocaba el timbre en casa de mi vieja, los vi sentados en la vereda, de la mano. Había unos mocositos jugando, se ve que eran los nietos. Ella me miró y yo no lo podía creer: tan linda, los ojos tan brillantes, las manos largas. Como si nunca hubiera pasado el tiempo. Cierto que era nochecita y estaba medio oscuro. Él se levantó para alzar a uno de los chicos y se le subió la camiseta. ¿Y saben una cosa? El tipo no tenía ombligo.














