
Hacía frío. Aún para él, cuyo mastodóntico tamaño le proveía también abrigo la mayor parte del año. El verano era una tortura, menos mal que duraba poco. No hay nada peor que andar de servicio sudado. Aunque en ese día de frío terrible casi añoró el verano metropolitano, súbito y fugaz. En cualquier momento se congela el río, pensó.
Colgó el sombrero que le quedaba apenas chico, bastante ridículo y muy anacrónico y el sobretodo-impermeable-compañero de desazones e injusticias y miró de reojo las huellas húmedas sobre el pavimento gastado de las oficinas. Los de Limpieza van a bufar cuando los llame. Mientras acomodaba a su alrededor el mobiliario, espió la puerta con placa dorada. Cerrada. Seguro que hoy no vino. No había hecho más que sentarse y estaba encendiendo un bien ganado cigarrillo — hoy no había nadie que le rompiera las pelotas con la prohibición de fumar— cuando la puerta fatídica se abrió.

La figura pequeña y bien formada se delineó a contraluz en el marco. Durante las décimas de segundo previas al llamado se concentró en la imagen para conservarla en la memoria. Se levantó haciendo ruido con el sillón viejo y familiar y cruzó la oficina completamente vacía excepto por ellos dos. Un olor ajeno y desagradable se le entrometió en los sentidos. ¿Qué mierda…?
Entró y ella ya estaba parapetada detrás del escritorio que le quedaba grande, como una nenita que jugase en el escritorio de papá. No pudo evitar que la sonrisa se le colara entre los labios. Como siempre, ella le pescó el gesto pero no le dedicó la ojeada gélida habitual. Tenía motivos: del otro lado del escritorio, junto a “su” sillón, estaba el origen del mal olor. De edad indefinida, la barba y el pelo enredados en la misma maraña y los ojitos oscuros brillando debajo de todo ese matorral como los de un animalito. Envuelto en capas parduzcas de prendas no identificables, tanta era la mugre que tenían.
La comi le había servido un café al sujeto. Menos mal que no se lo sirvió en mi taza, y para prevenir el posible lapsus, tomó su jarro cascado de encima del archivero y se sirvió una buena ración de café caliente y perfumado. Cuando se volvió hacia el escritorio con la nariz fruncida, era el turno de la comisario de contener una sonrisita irónica mientras sus ojos iban y venían entre el hombre en el sillón y él.
—Jefe, pensé que hoy no venía —se repantigó en el sillón restante, alejándose todo lo que podía del otro sin parecer muy grosero.
— No veo porqué no debería venir.
Se encogió de hombros: no tenía ganas de empezar el día discutiendo. Además, estaba el hecho evidente de la presencia de ese tipo.
— ¿El… señor? — aventuró.
— El señor vino a hacer una denuncia y no querían tomársela.
El aludido sacudió la cabeza y en medio de la maraña de pelos apareció una sonrisa desdentada.
— Pero la señora comisario me recibió. Es muy gentil.
Ella también sonrió y durante el lapso de un segundo le pareció que había salido el sol. Lo único que te falta, tarado: frases de novelita romántica. Mantuvo la compostura policial correspondiente a su rango componiendo su mejor cara de bulldog.
— El señor informa que uno de sus compañeros fue secuestrado hace cinco días— decía la comi.
Casi se atragantó con el café. ¿Secuestrado? ¿Quién querría secuestrar a un vago semejante? Y con ese olor…
— Se lo llevaron en un auto caro y no volvió más— explicó el hombre.
— Se lo llevaron… — repitió él.
— Yo ya había visto el auto dando vueltas por el bosque y el otro día, bueno, pararon y se lo llevaron.
— ¿Recuerda cómo fue? — preguntó.
El hombre abrió y cerró la boca un par de veces.
— Yo me estaba preparando para dormir. Él andaba cerca de los tachos buscando diarios.
— ¿Para taparse?
— No: le gustaba leer los diarios.
Se quedó mirando al sujeto con incredulidad. ¿Un sin-techo que lee los diarios?
— ¿Y entonces?
— Entonces llegó el auto ese que yo había visto rondando, se paró al lado del tacho y bajó un tipo… — se tomó el último sorbo de café y se quedó mirando a su alrededor como si tratara de atrapar la imagen del desconocido.
— ¿Y cómo era ese tipo del auto? — preguntó él después de unos instantes de silencio incómodo.
— No sé… Ya estaba medio oscuro…
Paciencia. No pierdas la paciencia.
— ¿Y su amigo, qué hizo?
El hombre lo miró como si no entendiera.
— Digo, ¿se resistió a subir, hizo algún intento de escapar?
— Se fue sin despedirse…
Este boludo me está jodiendo. Las palabrotas debieron notársele en la cara porque la comi lo acuchilló con la mirada.
— ¿A qué se refiere con que su amigo no se despidió?— preguntó ella con amabilidad.
— Mi amigo, sabe, es un hombre educado… Un caballero… Nunca se hubiera ido sin saludarme ni decirme que se iba…No… No puede ser. Esa gente se lo llevó.
El celular de la comisario empezó a reptar por el escritorio presa de un ataque epiléptico. Ella leyó el mensaje y se levantó a ponerse el abrigo y tomar el bolso.
— Nos esperan en la morgue.
— ¿Hoy?
— Capitán, deje de decir “hoy” como si fuera el día del Juicio Final.
Se está irritando. No preguntes más boludeces.
— Quise decir, ¿por qué?
—Para identificar el cuerpo congelado que apareció ayer en uno de los amarraderos, ¿ya se lo olvidó? Señores…
Trotó tras ella y el apestoso hasta la calle y se metieron los tres en un auto oficial. Menos mal, porque en el autito de juguete de la comisario él no tenía modo de acomodar su humanidad. Abrió las ventanillas para que el frío le embotara el olfato.
Las calles estaban semivacías. El cielo amenazaba con más frío en estado sólido o líquido, que a los efectos prácticos era la misma calamidad. No le había dedicado mucha atención al último finado: en esa época del año, los sin-techo eran los primeros en caer.
Los pasillos de la morgue olían a antisépticos que apenas disfrazaban el olor de la muerte. Casi prefirió el hedor del tipo. El encargado los llevó hasta las heladeras y abrió una de las puertas metálicas. Cuando el encargado descubrió el rostro del cadáver, el hombre contuvo un sollozo.
— Yo sabía… Yo sabía… Él nunca se hubiera ido así, sin saludarme… — extendió una mano y rozó el cuerpo—. Adiós, mi amigo.
Algo muy adentro se le quebró: ese hombre acababa de perder todo lo que tenía. Dio media vuelta para que la comi no le viera la expresión acongojada. Mierda, estoy hecho un pelotudo sentimental.
— Es… era… Un poco ido, sabe… No le andaba bien la cabeza… De vez en cuando se mareaba y se desmayaba, ¿sabe? Menos mal que yo siempre me guardo un caramelito, je, y se lo daba… Enseguida se ponía bien… Y a veces hablaba del velero. Je, un velero. Yo le decía que sí y él se ponía contento, pobre…
— Si le parece bien lo llevamos a un refugio— dijo la comi.
— Yo, la verdad, no… pero, bueno, sí, mejor… Mejor no pasarla solo hoy… ¿Puedo ir a buscar mis cosas?
Las “cosas” del tipo constituían un bulto mugroso de regulares dimensiones que cargó en el baúl del auto oficial. Y que se arreglen los de Mantenimiento con el tufo, pensó él mientras aguantaba la respiración.
—¿Ven? — el hombre les señaló una pila de diarios — Leía los diarios todos los días.
Encima de la pila había un periódico prolijamente doblado que mostraba la fotografía de un velero en una regata.
— ¿Qué les dije? Le gustaban los barcos.
Dejaron al tipo en un refugio urbano y le prometieron que le informarían lo que pudieran averiguar.

Se sentó de nuevo al volante: la comi tenía una particular vocación suicida por la alta velocidad en espacios urbanos y él no tenía ganas de matarse en un slalom automovilístico en las calles grises de nieve. Ni siquiera sentado al lado de ella. Pero era evidente que la comi estaba entretenida en otra cosa porque si no, hubiera protestado y le hubiera exigido las llaves del auto.
— ¿Tenemos algún dato de identidad? — preguntó mientras encendía un cigarrillo.
—Todavía nada— respondió ella mientras guardaba el diario con la foto del velero en el agujero negro que cargaba en el hombro a modo de bolso. Alguien alguna vez le había mandado de regalo una cartera preciosa y a escala de su tamaño. La comi había sonreído, había agradecido la atención, había archivado la carterita encantadora entre el termo y las resmas de papel y el bolso informe continuó triunfal su carrera en la policía.
El zumbido del celular de la comi interrumpió la conversación. Ella respondió seca y anotó en el dorso de la carpeta del informe forense que traía en el bolso. Cuando cortó, enarcó las cejas y lo miró de reojo.
—¿Quiere reírse un rato? Este tipo fue dado por muerto hace tres años.
—El cadáver se hizo esperar— comentó con el cigarrillo colgado de la comisura.
—Nuestro muerto viviente murió de un coma alcohólico. Lo habrán conservado en alcohol— acotó ella con un humor negro feroz—. Aunque... — abrió el informe y leyó en silencio hasta que él preguntó intrigado:
— ¿Qué más?
— Era diabético.
— Los diabéticos no se emborrachan: es suicida— algo se le encendió en algún lugar de la cabeza —. Oiga, jefe, si el tipo era diabético y como quiera que sea sobrevivió tres años a su defunción, tiene que haber recibido algún tipo de atención médica o por lo menos seguir alguna dieta, ¿no?
Ella lo miró con una ceja levantada.
— No creo que tuviera una dieta rica en grasas y azúcares viviendo en el parque.
— Hum, sí, bueno... ¿El que acabamos de dejar será alcohólico?
— No me pareció. No olía a alcohol.
— No: a mugre — murmuró él.
— Lo que no quiere decir que de vez en cuando...
— Un traguito no mata a nadie.
— Y el alcohol en pequeñas cantidades mantiene los niveles de azúcar bajo control.Pero muchos traguitos...— ella cerró la carpeta y lo miró—. Tenemos el último domicilio.
—Vamos entonces.
El barrio del finado múltiple era de los elegantes. El edificio también. Mientras subían en el ascensor, luego de identificarse ante un portero con más humos que el duque de Windsor, se miraron socarronamente el uno al otro. Sí, la verdad es que los sueldos no dan para vestirse con ropa de primera clase.
La mucama que abrió la puerta bien podría haber sido la duquesa de Windsor. Lanzó la nariz al aire.
—Ya colaboramos...
—Policía. Y todavía no colaboraron. ¿La señora...? —el tono y la placa dorada de la comisario no admitían réplicas.
La duquesa entrecerró la puerta con el morro fruncido, diciendo que avisaría a "madame".
Dos segundos más tarde, una muñeca rubia y vestida como para ir a una gala en la ópera abrió la puerta.
—¿Policía? —preguntó "madame" con ligero horror.
La comisario exhibió una sonrisa candorosa.
—Señora, le ruego disculpe semejante intromisión... Realmente lo lamentamos...
Detrás de ella, él asintió con expresión preocupada. La jefe está poniendo el numerito. Ya sabía lo que tenía que hacer.
—Si Ud. fuera tan gentil— insistió la comi con esa vocecita engañosa que él ya le conocía— , necesitaríamos hacerle unas preguntas.
"Madame" les franqueó el paso a un piso insoportablemente elegante. Junto al ventanal un hombre alto fumaba, tan perfumado que el aroma le llenó las fosas nasales, desalojando el recuerdo de los antisépticos de la morgue y el aroma que había quedado en el auto.
—Querido...—llamó la muñeca rubia —los señores son policías.
"Querido" los miró indiferente.
—¿Algún problema? —preguntó con voz ronca.
"Querido" parece un actor de telenovela italiana, de esas que le gustan a mi madre. La comisario se llevó a "madame" a un extremo de la habitación y "querido" las siguió sin perderles pisada. Bien, tengo el campo libre. Comenzó a observar, dando pasitos cortos y deslizándose hacia los pasillos interiores, al tiempo que paraba las orejas.
—Señora, la verdad es que...lo lamentamos. Encontramos a su esposo... esta madrugada... muerto.
—¿Mi esposo, muerto? Comisario, ¡qué tontería! Mi esposo murió hace tres años —la rubia agitó el pelo.
La escuchó rebuscar en el bolso la Polaroid que habían sacado en la morgue. Casi podía imaginar la carita de inocencia del jefe: los ojos muy abiertos, la boca apenas entreabierta. Toda una colegiala.
—Disculpe, señora... —le dio la Polaroid —. Éste es el hombre. La identificación de las huellas fue positiva. El... occiso —lo pronunció casi con vergüenza— tenía domicilio aquí, figuraba como casado... con Ud.
La mujer tomó la foto, la miró y la devolvió con indiferencia suprema.
—No pongo en duda nada de lo que diga el Departamento de Policía y su división de Identificaciones, pero mi marido desapareció hace tres años y se lo dio por muerto— la rubia estaba muy convencida.
— Yo... disculpe... pero, ¿podría acompañarnos para identificar el cuerpo?
— ¿Hoy? — la mujer la miró con disgusto—. La verdad, comisario, es que si pudiera ir en otro momento, no sé, mañana o pasado... ¿No basta con la foto?
— Es el procedimiento, señora.
Él se metió en varios cuartos: no había nada fuera de lo usual, si lo usual en esa casa era el confort suntuoso. En una habitación que parecía el estudio había una foto de un velero, y fotos de la rubia y “querido” muy abrazados y sonrientes a bordo.
Volvió al salón cuando la rubia relataba las circunstancias de la desaparición de su marido.
—... se soltó una de las velas, lo golpeó y cayó por la borda. La tormenta era tremenda pero buscamos con helicópteros, buzos, de todo. Finalmente lo dieron por desaparecido y bueno, Ud. ya sabe, en caso de accidente marítimo, después de un plazo...
—Por supuesto. Comprendo perfectamente— la comisario se puso de pie tímidamente—Pero... podría ser que... no sé, se hubiera salvado, lo hubieran rescatado desde algún otro barco...
—Velero—corrigió “querido” con suficiencia— Era una regata.
—Velero—asintió la comisario—. Digo, si lo rescataron, y él no recordaba... A veces pasa...
—No lo sé, comisario. Todo esto es muy extraño. Muy extraño. Mi marido desapareció... y ahora... reaparece asesinado. No sé.
—Sí, es muy extraño. Bien, señora, señor, ya no los molestamos más. Necesitaríamos nada más que reconociera el cadáver pero, bueno, podemos esperar hasta mañana.
— Se lo agradezco, comisario— intervino "querido" y la rubia sacudió la cabeza.
— ¿Vamos, capitán?
Él se apresuró a saludar y se fueron casi corriendo.

En el auto, la comi tenía una expresión dura.
—¿Qué encontró?— ella preguntó.
—Nada aparte de esto— le dio una foto que se habia robado del estudio—. Después me escurrí hasta la cocina y ni basura había. Todo tan impecable...
La comi abrió el bolso.
— Mire— puso la foto junto a la del diario.
— Es el mismo barco.
— “Velero” — lo corrigió ella imitando la voz de “querido”.
Se estaban sentando en el auto cuando tuvo una idea y manoteó su celular. En menos de diez minutos la descripción del muerto circulaba por los hospitales de la zona. Ella lo aprobó. A punto de arrancar, ella lo detuvo con una manita sobre su brazo.
—Todavía no.
—¿En qué está pensando, jefe?
—Esperemos a que llamen de algún hospital.
—Podrían no llamar...
Pero esperaron con el motor en marcha para mantener la calefacción funcionando, mientras la comi le contaba lo que habían hablado con la rubia. Después de un silencio largo y pesado, durante el cual ambos masticaron las declaraciones, sonó su celular.
Cuando cortó, la comisario lo miraba con una intensidad que sabía no le estaba destinada a él.
— Al hospital— dijo y arrancó.
Una asistente social los esperaba. Le mostraron la Polaroid del cadáver y la mujer asintió. Unos diez días atrás, el hombre había ingresado a la guardia del hospital con un cuadro de hipoglucemia leve. Mientras le pasaban suero, el tipo no paraba de hablar de un velero. Tanto insistía que una de las enfermeras recordó que había un velero en la tapa de uno de los diarios y se lo mostró. El hombre se emocionó tanto que no pudieron sacarle nada coherente. Lo dejaron solo en la sala porque entraron dos accidentados y cuando volvieron, el tipo se había ido llevándose el diario. Ella pensó que quizás el hombre tuviera algo que ver con los propietarios del velero, los localizó y se comunicó con alguien que se identificó como un empleado de la familia. El hombre se presentó en el hospital, admitió que la embarcación pertenecía a sus patrones que estaban fuera del país en ese momento y negó cualquier relación con el sin-techo. Dejó un domicilio en una localidad a 50 kilómetros de la ciudad. La descripción del tipo se ajustaba a la perfección a la de “querido”.
Le dieron las gracias a la mujer y de vuelta en el auto, él llamó a la delegación policial de la localidad para pedir la verificación del domicilio pero no fue necesaria demasiada investigación: era la dirección del hospital regional. Estaba arrancando el auto cuando la comisario saltó en el asiento como si le hubieran puesto un resorte.
— Llame a la asistente social y pregúntele si al sin-techo le dieron un baño.
— ¿Qué?
—¡Llámela!
No, no lo habían bañado. No habían tenido tiempo. La comi volvió al reporte forense.
— El cadáver estaba limpio y llevaba ropa limpia.
Se miraron durante unos segundos.
— Así que en lo de “madame” no había basura...— murmuró ella.
Él miró el reloj.
— ¡Vamos antes que el portero la saque!— arrancó y salieron a toda velocidad, sin importar la nieve.
Corrieron hasta la entrada de servicio: el portero, no tan regio como cuando les había abierto la puerta, fruncía el morro con los desperdicios.
Esta vez no hubo contemplaciones: las dos placas hicieron que el ex duque de Windsor abriera las bolsas. Afortunadamente, sólo había pisos completos en el edificio, así que eran pocas bolsas.
—¿Cuál es la del cuarto piso? —preguntó imperioso.
—¿Y yo qué sé? —rezongó el portero.
—Mejor que sepa porque si no tendrá que abrirlas y vaciarlas a todas, una por una.
El tipo lo pensó mejor y eligió. Desparramaron el contenido con los pies.
—¡No toque nada! — aulló él cuando el portero trató de meter mano.
La comisario ya tenía puestos los guantes de polietileno cuando metió las manos para recoger lo que buscaban.
Se demoraron el tiempo suficiente para pedir una patrulla y subieron. "Madame" y "querido" estaban a punto de salir.
—Señora, señor, necesitamos hacerles unas preguntas— la voz de la comisario ya no era candorosa ni amable.
Los tipos los dejaron pasar, pero ya no se veían tan glamorosos como la primera vez.
Él y la comisario ocuparon las posiciones acostumbradas: ella sentada; él de pie detrás, los hombros cuadrados y sin expresión. La comi, enfundada en su habitual trajecito negro, transmitía una ominosidad inquietante: una reina severa a punto de castigar a sus súbditos mientras él, su ministro de confianza, se aprontaba a ejecutar la sentencia. Estoy leyendo demasiada novela histórica.
—Señora —decía la comi —acabo de recibir un reporte de uno de los hospitales de la ciudad. Un hombre ingresó hace diez días con hipoglucemia. Ese hombre apareció muerto ayer, congelado en un amarradero y fue identificado como su marido. ¿Tiene algo que decir al respecto?
—No, comisario, no tengo nada que decir. Ya se lo expliqué: dimos por muerto a mi marido hace tres años.
—Pero estaba vivo. Y se mantuvo vivo durante esos tres años para venir a morir aquí. Murió de un coma alcohólico.
—No sabía que bebiera— la mujer torció la boca y desvió la mirada—. Nunca bebió mientras estuvo conmigo.
—Le creo, señora. La autopsia también determinó que su marido era diabético.
— Es cierto — el gesto de impaciencia torció la boca maravillosamente maquillada—. No necesitaba insulina, tenía un cuadro leve.
—Tan leve que sobrevivió su enfermedad durante todo este tiempo para volver a casa y morir de un coma alcohólico. El alcohol es fatal para un diabético.
—¿Y qué? —la rubia la enfrentó abiertamente.
— Que tengo una teoría. A ver qué le parece. Su marido se cayó del velero en circunstancias que no pudieron comprobarse...
— Fue un accidente— siseó la rubia.
— No puedo discutirle una sola palabra de eso, señora— la comi la interrumpió tan sibilina que la rubia retrocedió como si la hubiera mordido—. Permítame continuar. Su marido fue rescatado pero había perdido la memoria. Sobrevivió estos tres años seguramente porque viviendo como un sin-techo mantuvo una dieta estricta a la fuerza. Pero tanta dieta puede tener efectos negativos: cada tanto, le daba hipoglucemia, se mareaba y se desmayaba y sus compañeros de infortunio en el parque le conseguían algún caramelito. La última vez terminó en un hospital del barrio, de donde regresó al parque que conocía como su hogar. Pero en el hospital había identificado algo de su pasado que hizo que ese pasado volviera a buscarlo a él. Dos días después de haber salido del hospital, un auto comenzó a rondar el sector del parque en donde habitualmente se instalan los sin-techo. Unos días más tarde, su marido subió a ese auto y no fue vuelto a ver por sus compañeros hasta que apareció tirado en un muelle, intoxicado de alcohol hasta morir, esta vez definitivamente. Convengamos que el frío hizo su parte.
—¿Y nosotros qué tenemos que ver con todo esto? —insistió la rubia, con un tono de voz apenas agudo.
—Capitán...
Ahora me toca a mí. Fue hasta la puerta de entrada, salió al pasillo y volvió aguantando la respiración. La rubia y "querido" se quedaron mudos y en ese momento, tocaron el timbre.
La duquesa de Windsor abrió sin decir ni mu y tres uniformados entraron haciendo venias ceremoniosas.
— Por otra parte, señora— la comisario siguió después de saludar a los de uniforme—, en nuestra primera visita jamás mencioné que su marido hubiera sido asesinado. Eso corrió por su cuenta.
La mujer perdió el control.
—¡Ese hijo de puta! ¡Tenía que venir a arruinarnos la vida! ¡Estaba muerto, muerto! ¡Estuvo muerto tres años, por qué mierda tenía que aparecer! ¡Dios mío, no es justo! ¡Maldito enfermo, maldito hijo de puta, maldito cornudo hijo de puta madre!
Mientras dos de los uniformados esposaban a la pareja, él llamó al tercero y le entregó la bolsa de polietileno llena de la ropa apestosa y maltrecha del pobre finado, mezclada con basura y borra de café.

Esta vez entraron juntos al despacho de ella y se sentaron uno a cada lado del escritorio enorme.
—Váyase a casa —murmuró la comisario.
—¿Piensa quedarse sola?
Antes de responderle, se encogió de hombros.
— Es una noche muy especial. Váyase a casa.
—Soy judío, ¿no se acuerda? Y ya celebré Januká ayer.
Ella le echó una ojeada reprobadora y después lanzó uno de sus dardos de ácido.
—Bueno, después de todo, hoy se celebra el cumpleaños de un judío famoso.
—Tiene razón. Feliz Navidad, jefe.
—Feliz Navidad, capitán.
Se quedaron juntos hasta que llegó el relevo a las seis.















